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¿Se han cumplido las predicciones sobre los vinos que triunfarían en esta década?

En estas semanas, casi todas las publicaciones de vinos lanzan sus previsiones sobre lo que se beberá en 2026, anticipan tendencias o recomiendan estilos y orígenes que merece la pena descubrir a lo largo del año.

En Spanish Wine Lover solemos seguir de cerca las tendencias, pero rara vez arrancamos el año con este tipo de contenido. La excepción fue 2018. Ocho años después, hemos querido revisar aquellas predicciones para comprobar hasta qué punto acertamos, qué dejamos de lado y, de paso, reflexionar sobre las modas del vino y la mayor o menos rapidez con la que se suceden.

Sin perder de vista un elemento clave: no siempre coinciden las tendencias que se detectan en el ámbito de la prescripción y lo que propugnan productores, sumilleres y comerciantes que ejercen de líderes de opinión, con lo que realmente bebe una mayoría de consumidores. A veces las tendencias tardan mucho en alcanzar la base de la pirámide.

Variedades tintas

Hace ocho años dijimos que la garnacha y la mencía se convertirían en las nuevas embajadoras del vino tinto español. Era una predicción fácil, tras el hartazgo de una tempranillo omnipresente que se había expandido más allá de sus zonas idóneas de cultivo, y gracias a la personalidad alegre y fácilmente reconocible de estas dos variedades tintas. 

Desde entonces, la cantidad y calidad de tintos de garnacha que han llegado al mercado ha sido impresionante. Más allá del fenómeno de Gredos, su desarrollo en Rioja ha resultado particularmente interesante. En Navarra, parece claro que la identidad de futuro de la DO pasa por abrazar la garnacha. Aunque con mayor lentitud, el posicionamiento de Aragón en el mapa de calidad de tintos españoles está directamente vinculado a las garnachas de altura y de montaña, que incluso empiezan a asomar tímidamente en Somontano. En Cataluña, la variedad va ganando peso más allá de sus zonas tradicionales (Empordà, Priorat, Terra Alta), generando un interés renovado en Penedès tras el largo ciclo de sequía que afectó a la zona. Tal y como están descubriendo también bastantes productores de Ribera del Duero, su pH bajo es un eficaz corrector natural de la tempranillo. Aunque en menor medida, la mitad sur del país también ha desarrollado ejemplos interesantes de Garnacha en Castilla-La Mancha, Málaga, Jumilla o Valencia.


Con bastante menos acidez, pero un carácter muy fresco que combina notas silvestres, frutillos del bosque y toques terrosos, la mencía se ha fortalecido notablemente tras la aprobación de la nueva clasificación de inspiración borgoñona en Bierzo. Prácticamente la mitad de las bodegas acogidas al Consejo -y casi todos los productores de referencia- están utilizando los nuevos indicativos de vino de villa y de paraje, y en la cosecha 2023 se aprobaron los primeros vinos de viña clasificada: La Faraona y Las Lamas de Descendientes de J. Palacios.

También rompimos una lanza en favor de las variedades de ciclo largo, buena acidez y/o pHs bajos. De las que mencionamos, la cariñena/mazuelo resulta cada vez más valorada tras su consolidación en Priorat, aunque tiene el inconveniente de su alta sensibilidad al oídio. Ha continuado su desarrollo en solitario por distintas regiones del valle del Ebro y mantiene un papel relevante en los ensamblajes (es la única variedad que acompaña a la tempranillo en el Castillo de Ygay de Marqués de Murrieta, por ejemplo), aunque tampoco puede considerarse un fenómeno de masas. Algo parecido ocurre con la graciano, de la que hay ya numerosos monovarietales en Rioja, aunque en general funcione mejor como uva de mezcla a menos que alcance una maduración plena. Por eso se está exportando con bastante éxito a latitudes más meridionales.

En el sureste, la bobal (foto inferior), una de nuestras apuestas de entonces, no acaba de despegar pese a su versatilidad. Vale para tintos, rosados y espumosos, aunque muy pocos han explorado esta última posibilidad. Otra que, pese a su buena acidez, lo tiene complicado en estos tiempos de tintos de trago largo es la poderosa y energética garnacha tintorera. La moravia agria, con alta acidez y ligereza, debería estar mejor posicionada, pero, de momento, no va mucho más allá del ámbito de los conocedores.


Mayor recorrido parecen tener las variedades de ciclo largo recuperadas en Levante, que posibilitan un nuevo estilo de tintos mediterráneos frescos y fluidos. En 2018 hablábamos de mandó, pero la que genera cada vez más interés es arcos, que entonces resultaba muy minoritaria.  

En Cataluña, la sumoll va ganándose el favor de productores de referencia como Raventós i Blanc y L’Enclos de Peralba, pero está lejos aún de resultar atractiva para el consumidor medio. Comparada en ocasiones con la nebbiolo, parece que hará carrera antes en el mundo de las burbujas a tenor del interés mostrado por varios miembros de Corpinnat. Su versión canaria, la vijariego, es tan expresiva como minoritaria.

¿Y las variedades tintas que no citamos en 2018? La trepat de la Conca de Barberà no ha superado el ámbito local pese a cumplir casi todos los requisitos que se pide a los tintos actuales. Otras, como la listán negra canaria o la callet mallorquina, siguen ligadas a ámbitos muy locales y no siempre resultan fáciles de encontrar para los aficionados.

En blanco

En 2018 no citamos específicamente variedades blancas, salvo la garnacha blanca, como parte de la familia de garnachas. No hay duda de que se ha consolidado como la gran uva blanca mediterránea, con especial peso en el valle del Ebro, desde Terra Alta y Priorat a Rioja. En Penedès, la xarel.lo hace tiempo que no se limita a ser la base de cavas y espumosos de larga crianza; es la punta de lanza de una interesantísima categoría de blancos tranquilos ligado al terruño. 

¿Cómo no vimos venir el furor por la godello? En mi defensa diré que en enero de 2021 publiqué un artículo en El País Semanal con el título Irresistible godello. Por otra parte, hace ocho años era un poco pronto todavía para anticipar el renacimiento de la airén, que empezó a perfilarse en 2020 con el lanzamiento del blanco de pie franco Las Tinadas de Bodegas Verum (ver cepas en la foto inferior. Aunque muy locales, también merece la pena seguir la pista a variedades aromáticas como la albarín blanco, cultivada entre Asturias y León, la branco lexítimo gallega y la malvasía aromática que gana terreno especialmente en el Penedès tras la recuperación de la malvasía de Sitges.


Nuestra recomendación blanca de 2018 fue más exploratoria. Proponíamos descubrir las opciones existentes en regiones productoras de tintos, especialmente Rioja, Ribera del Duero y Priorat. ¡Quién nos iba a decir entonces que habría un Roda I Blanco o un Faustino I Blanco! El desarrollo de los blancos en Rioja, especialmente en gamas altas, ha sido espectacular.

Ribera del Duero ha seguido una ruta más irregular. El Consejo Regulador se centró en la albillo mayor dejando otras posibilidades fuera (esto podría cambiar en el futuro), los estilos, de momento, no parecen muy claros, y una parte importante de los nuevos vinos se apoyan en viña joven. Conviven blancos complejos y de guarda con propuestas más sencillas y sin demasiada personalidad. Todo lo contrario que en Priorat, donde los suelos aportan gran carácter a los vinos dentro de una horquilla de estilo que va desde perfiles más frescos a estilos mediterráneos poderosos, pero siempre con carácter. 

¿Tintos acorralados?

Quizás en unos años estemos recomendando tintos de zonas de blancos. Nuestra previsión del triunfo de los tintos atlánticos ha funcionado más para los que se elaboran en latitudes septentrionales de Canarias. En Galicia se limitan prcticamente a la Ribeira Sacra, donde dominan claramente las variedades tintas aunque se empiezan a notar ya los efectos del cambio climático con veranos mucho más secos (¿podría dejar de tener sentido el calificativo atlántico?). 

En el resto de denominaciones gallegas los blancos eclipsan claramente la producción de tintos, especialmente en Valdeorras con la expansión de la godello. En Ribeiro, los blancos se llevan toda la atención, pese a que existen algunos ejemplos bien interesantes de tintos. En Rías Baixas, donde los tintos son muy minoritarios y ofrecen el carácter atlántico más extremo, algunos productores nos confesaban hace poco que resultaba muy complicado venderlos.

Tampoco hay que pasar por alto la “godellización” que está viviendo Bierzo. Prácticamente todas las nuevas plantaciones corresponden a esta variedad. De los casi 10 millones de kilos que se vendimiaron en la cosecha 2025 en la región leonesa, más de 3,8 millones fueron de godello.   

Otras tendencias: ancestrales e inspiración jerezana

En 2018 anunciábamos el imparable ascenso de los espumosos de una única fermentación, desenfadados y accesibles, y es cierto que se han convertido en una opción cada vez más habitual, aunque es la categoría de espumosos en general la que se ha integrado de forma definitiva en el consumo. Las burbujas son una parte esencial en la agenda del bebedor de vino en España.

Hablábamos también de los vinos de inspiración jerezana, por la incorporación de crianzas biológicas bajo velo en zonas donde esta práctica no era habitual. Desde entonces, el “momento velo” se ha moderado para convertirse en una herramienta más en bodega, comparable al trabajo con pieles o al uso de tinajas u otros recipientes. A menudo basta un toque, sin que tenga que convertirse necesariamente en protagonista. 


Del Marco de Jerez destacábamos los palominos sin fortificar o vinos de pasto que van camino de tener su propia denominación (Vinos de Albariza), probablemente a partir de 2027. En SWL, y gracias sobre todo a los artículos de Yolanda Ortiz de Arri, hemos seguido muy de cerca la pequeña revolución terruñista que ha vivido la zona y que se ha traducido en vinos de gran personalidad. La gran pregunta ahora es si estos vinos de albariza conseguirán llegar a la base de la pirámide. 

Otra de nuestras apuestas fueron los vinos de islas. La recuperación de variedades autóctonas en Baleares y la vocación por un cultivo sostenible y ecológico ha animado enormemente el panorama vinícola en zonas que sufren una gran presión turística. Canarias ya disponía de una enorme diversidad varietal. Este verano, sin embargo, un escalofrío nos recorrió al cuerpo al conocer la noticia de que se habían descubierto viñas infectadas con filoxera en Tenerife. Más allá de un puñado de bodegas consolidadas, el principal freno para el disfrute de los vinos de ambos archipiélagos es su escasa presencia en la Península. 

Cómo nos ven fuera

La recuperación de estilos tradicionales con una visión internacional era otra de nuestras apuestas de 2018. Pensábamos, por ejemplo que, con el resurgimiento del concepto de clarete, muchos vinos españoles podrían subirse a la ola internacional de los rosados, hoy bastante más sosegada. Al final, lo que más ha trascendido a nivel internacional son los rosados envejecidos en madera siguiendo la estela de López de Heredia. Los brisados tampoco han llegado a posicionarse de manera clara como una versión de vino naranja muy nuestra, aunque sí han ayudado a popularizar la categoría de vinos elaborados con pieles. 

Los vinos españoles que más atención internacional han generado en los últimos años han sido las propuestas terruñistas de productores que han saltado a escena en los últimos 10-15 años y las grandes marcas históricas asociadas a vinos de guarda. 

Para muchos prescriptores internacionales, España es el país más fascinante desde el punto de vista vinícola. Quizás más que subirse a una tendencia concreta, el mejor pasaporte para seguir en el candelero durante los próximos años sea preservar la diversidad y los elementos diferenciadores de cada una de nuestras regiones.

Firma

Amaya Cervera

Periodista especializada en vino con más de 25 años de experiencia. Fundadora de Spanish Wine Lover y Premio Nacional de Gastronomía a la Comunicación Gastronómica 2023