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La nueva Ribera de los pueblos y una lista de vinos para explorarla

La primavera es una de las mejores épocas del año para ir a PSI a catar los vinos de la añada anterior. El segundo proyecto de Peter Sisseck en Ribera del Duero nació en 2007 con el objetivo de preservar el viñedo viejo de la región. Aunque lo que llega a la mesa del consumidor es un único vino, detrás hay un elaborado puzle de municipios. 

A un eje central formado por Gumiel de Izán y Peñaranda, se añaden pinceladas de Zazuar, Hontoria, Baños de Valdearados o Tubilla del Lago, en la provincia de Burgos, y de Villálvaro, Langa de Duero o Quintanilla de Tres Barrios en Soria. Gracias a los cursos de agua subterráneos y a la abundancia de suelos de arena y arcilla, Gumiel de Izán da vinos amables y menos estructurados, mientras que los suelos más calizos de Peñaranda aportan sapidez y un tanino de textura tizosa. La considerable altitud de este último municipio refuerza las sensaciones de frescura en un ribera contenido que huye de la extracción. 

Aalto es otro ejemplo de ribera construido a partir de la suma de muchos pueblos, pero su apuesta por el entorno de Roa-La Horra explica su estilo más estructurado y opulento. Burgos es la gran protagonista de un ensamblaje en el que también participan La Aguilera, Baños de Valdearados, Moradillo de Roa, Fresnillo de las Dueñas, Fuentespina, Boada, Gumiel de Izán y Nava de Roa. La representación vallisoletana incluye Quintanilla de Arriba, Piñel de Abajo y Valbuena de Duero; y aún queda sitio para aportaciones testimoniales de otros municipios burgaleses como Valdezate, Fuentecén, Olmedillo, Aranda de Duero y Adrada de Haza, o el soriano Langa de Duero. 

“Trabajar con esta mezcla tan amplia asegura una regularidad y nos permite compensar en los años malos. Hacer vino de un único pueblo es algo excepcional, pero estás más atado cuando hay problemas”, reflexiona el enólogo de Aalto, Antonio “Toño” Moral

Desde Soria, en el extremo oriental de la denominación, Jaime Suárez, director técnico de Dominio de Atauta, corrobora esta impresión: “El vino de pueblo es muy romántico, pero tienes todos los huevos en la misma cesta”. En 2023 y 2024, Dominio de Atauta perdió el 90% y 80% respectivamente de la cosecha a causa de las heladas. La recompensa, cuando todo va bien, es la singularidad de los vinos. “Pero para preservar este carácter”, remarca Suárez, “no podemos añadir nada de otras zonas”.

PSI también sufrió los efectos de la helada de 2024. Apenas cosechó 18.000 kilos en sus viñedos en propiedad cuando debería haber obtenido 90.000, pero compensó la pérdida con otras viñas y alguna partida de uva extra que adquirió en la cooperativa de Quemada. La bodega, no obstante, está valorando lanzar algún vino de municipio en el futuro. En la foto inferior, uno de sus viñedos en Gumiel de Izán.


Las unidades poblacionales

Pese a las dificultades que plantea el clima extremo de la región, está emergiendo una Ribera que busca llevar a la botella las características diferenciales de sus pueblos, ya sea desde bodegas cuyo trabajo está centrado en un municipio concreto o desde aquellas que han realizado el ejercicio continuado de vinificar por separado. 

La normativa ha dado alas a la tendencia. Desde 2019, el pliego de condiciones de la DO recoge la posibilidad de utilizar los nombres de las unidades geográficas menores (pueblos y pedanías) amparadas por el Consejo, siempre que el 85% de las uvas utilizadas en su elaboración procedan de parcelas ubicadas en las mismas. 

Antes de esa fecha, regía la normativa general de Castilla y León, que fue la que se aplicó a la primera colección de vinos de pueblo lanzada en 2018 por la bodega del grupo Codorníu, Legaris. Su director, Jorge Bombín, recuerda que costó consensuar las etiquetas con el Consejo por la novedad de lo que proponían. La colección incluía un tinto de Alcubilla de Avellaneda, en Soria, y dos de municipios de la ribera burgalesa: Moradillo de Roa y Olmedillo. En añadas posteriores se cambió Olmedillo, primero por La Aguilera, y luego por Peñaranda de Duero, para quedarse definitivamente con Gumiel de Mercado como tercera opción.


La regulación de las unidades geográficas menores (o unidades poblacionales) ha supuesto también un control más estricto del etiquetado. Un buen ejemplo es Hacienda Monasterio. Elaboraba a partir de una finca de Pesquera de Duero, pero hace unos años adquirió 14 hectáreas adyacentes en el término de Valbuena para asegurarse unas cifras estables de producción en cosechas complicadas. En las añadas que ha recurrido a ellas -—2022, 2023 y sobre todo 2024, a causa de una helada que provocó pérdidas del 40%— los vinos no podrán llevar el nombre del pueblo, pero cuando trabaje con sus viñedos de Pesquera, como en 2021 o 2025, podrá reflejar este origen en la etiqueta. Aunque Hacienda Monasterio es ampliamente conocido como vino de finca, la bodega no quiere renunciar al valor que aporta la mención del municipio, siempre que pueda utilizarla.

De “La Milla de Oro” al origen

No sería justo decir que los vinos de pueblo son un fenómeno nuevo en Ribera. La personalidad de sus municipios forma parte del acervo cultural de una región que ha asociado con frecuencia estilos y pueblos (tintos de Peñafiel, claretes de Aranda de Duero…). En los años setenta, un innovador Alejandro Fernández bautizó su vino con el nombre de su pueblo, Pesquera; y bodegas creadas en distintas décadas han ligado su nombre al municipio que los ha visto nacer (Viña Pedrosa, Valsotillo, Dominio de Atauta, Bodegas La Horra..). Otras han apostado por incluir el nombre del pueblo en sus etiquetas. En las de Vizcarra, por ejemplo, aparece Mambrilla de Castejón desde principios de la década de 2010.

El prestigio actual de la Ribera del Duero se estableció en los años 80 y 90 sobre la fuerza de sus marcas. Si Vega Sicilia aportaba la parte histórica del vino de largo envejecimiento, Pesquera proclamaba la rotundidad frutal de un tempranillo contemporáneo. De hecho, una de las primeras acotaciones de éxito en la región, La Milla de Oro, partió de la concentración de estas y otras bodegas (Arzuaga, Finca Villacreces, Viña Mayor…) a los lados de la N-122 en su vertiente vallisoletana. Una vía a la que también se asomaban bodegas de prestigio que estaban fuera de DO, como Mauro, en Tudela de Duero, y Abadía Retuerta, en Sardón de Duero. Hoy, La Milla de Oro se ha convertido en una herramienta de promoción turística de la Diputación de Valladolid. 


Hay muchos aspectos dignos de interés en la región más allá de los pueblos que tienen su reflejo en las etiquetas, como las viñas viejas, la altitud o los viñedos del páramo, sin olvidar proyectos de finca que también tienen una personalidad marcada. ¿Cuál es el valor diferencial de los pueblos? 

Para Toño Moral, la personalidad de un municipio no solo se sustenta en los suelos (“no es lo mismo el calcáreo de Valladolid que la arena de La Aguilera”), sino en el material vegetal, las prácticas culturales y el manejo del viticultor. “Una planta de Baños de Valdearados es bastante diferente a una de La Horra”, explica. Es cierto que estos elementos se limitan a las viñas viejas porque gran parte de las plantaciones de los 90 y primeros 2000 se hicieron con clones genéricos de tempranillo. Pero Moral apunta al trabajo de Vitis Navarra, que ha recopilado y clasificado por municipios más de 1.600 biotipos de tempranillo de Ribera, junto a variedades asociadas en coplantación; un material que el vivero navarro custodia en su finca soriana de Zayas de Bascones. “La diferenciación en el futuro pasará por la plantación de viñedos con material local e injertos in situ para utilizar biotipos de la zona”, apunta Moral. 

¿Cómo se hace famoso un pueblo? 

En el pasado, la fama solía llegar por la calidad y singularidad de sus vinos. En las últimas décadas, quizás más por el prestigio de sus bodegas. Es inevitable asociar Valbuena de Duero con Vega Sicilia (sobre todo, porque su segundo vino se llama Valbuena) o Tinto Pesquera con Pesquera de Duero. Peñafiel siempre ha jugado con la ventaja de su castillo, gran icono arquitectónico de la región, aunque en el posicionamiento de su bodega más famosa, Pago de Carraovejas, ha pesado más la fuerza de la marca que el origen.

En los noventa, la atención empieza a virar hacia Burgos. La Horra subió muchos enteros por el mero hecho de que Pingus se elaborara con dos viñedos del municipio. La profundidad y potencia de los vinos del eje Roa-La Horra ha sido durante muchos años el estilo de referencia de Ribera y una fuente de abastecimiento clave para muchas bodegas de la DO. Pedrosa era otro pueblo que salía en los papeles por la confluencia de tres productores de renombre como Viña Pedrosa, Pago de los Capellanes y Bodegas Rodero.

Con el cambio de siglo, Dominio de Atauta puso en el mapa la ribera soriana y descubrió, en el valle de Atauta, un valioso patrimonio de viñedos prefiloxéricos. Una década después, la revalorización de las viñas viejas y el ascenso de Dominio del Águila, con una propuesta estilística diferente y rompedora, aupó a La Aguilera, una pedanía de Aranda de Duero y el lugar donde hemos encontrado más vinos de municipio. El cambio climático generó después una atención creciente por los viñedos en altitud, lo que llevó de nuevo la vista a Soria, donde conocimos más pueblos además de Atauta, como Villálvaro (en la imagen inferior) o Matanza de Soria. También a las cotas más altas de la ribera burgalesa como Peñaranda en la vertiente norte del Duero y, al sur del río, Fuentenebro, con sus características tierras rojas, y Moradillo de Roa, el único páramo de suelos aluviales de la DO, y de los pocos lugares que se libraron de la terrible helada de 2017.


Una visión terruñista de la Ribera

La mayoría de los vinos de los años noventa y primeros 2000 incluían la dirección de la bodega en la etiqueta con el nombre del municipio visible. Con el tiempo, esta información se ha ido trasladando a la contraetiqueta. Hoy, cualquier pedanía o municipio que aparezca en el frontal de la botella asociado al nombre de la DO implica un control de trazabilidad por parte del Consejo Regulador. Para muchos productores, esta mención supone una auténtica declaración de intenciones. 

“Para nosotros es fundamental separarnos de la clasificación por tiempo de envejecimiento en favor de la clasificación por origen”, explica Rodrigo Calvo Arroyo quien, junto a su hermano Asier, transformaron completamente la gama de Arrocal, la bodega fundada por sus padres a principios de los 2000, en la cosecha 2023. “No porque pensemos que sea mejor o peor, sino porque queremos contar que el vino tiene un origen concreto, que es Gumiel de Mercado. Y para que la gente no caiga en la trampa del numerito y piense que un vino con 14 meses en barrica es mejor que uno con 12, hemos igualado la elaboración y la crianza en todos los vinos para que las diferencias vengan del lugar de origen”, continúa.


Los hermanos Calvo Arroyo ya habían trabajado el concepto de manera aún más extrema en Casa Lebai, proyecto que crearon en 2019 para recuperar y conservar patrimonio vitícola y reproducir las formas de elaboración tradicionales de la zona. Los tres vinos parcelarios que elaboran bajo este sello llevan también el nombre de Gumiel de Mercado en la etiqueta. 

En Sotillo de la Ribera (Burgos), Bodegas Félix Callejo comparte esta filosofía. “Nos ayuda mucho a explicar nuestro proyecto y dar valor al trabajo de clasificación de distintas zonas en un solo municipio. Antes era frustrante porque la gente se quedaba solo con los tiempos en barrica”, explica Noelia Callejo. El artículo que publicamos hace dos años sobre esta bodega detalla la manera en la que han construido su actual gama de vinos, apoyándose en un estudio de suelos y dejando también atrás la jerarquía de tiempos de envejecimiento de la época de sus padres.

Callejo es consciente de que el grueso de Ribera no está interesado en mostrar este nivel de detalle en sus vinos y que el movimiento de los pueblos es muy minoritario, pero, desde su punto de vista, es una apuesta de futuro para poner en valor el origen. Tanto que, cuando contactamos con ella, estaba preparando un encuentro de vinos de pueblo con productores de la zona que comparten esta filosofía. Entre ellos, Magna Vides, el interesante proyecto de Pablo Arranz y Andrea Sanz en La Aguilera (Burgos). Con el foco puesto en viñedos viejos, sus parcelas se extienden por el valle del Gromejón. La mayor parte están en la cara norte, que pertenece a La Aguilera; las de la cara sur, en el término de Quintana del Pidio, las elaboran aparte. “Nunca mezclamos pueblos”, explica Andrea. 


La experiencia de estos productores a la hora de vender sus vinos es que el mensaje cala mejor en la prescripción y la sumillería, pero también en el público final. “El consumidor lo aprecia y lo entiende cuando viene al viñedo y lo experimenta in situ”, dice Andrea. 

El valenciano Toni Sarrión, de Mustiguillo, accionista mayoritario de Hacienda Solano desde 2017, etiqueta todos los vinos con el nombre del pueblo de La Aguilera, pero no es tan optimista: “Muy poca gente en hostelería lo valora; y el cliente español menos porque es muy marquista. Si vendemos es porque los vinos se beben bien; es un estilo con menos barrica, y paladares menos anchos y más profundos. En exportación funciona mejor, sobre todo en mercados maduros como Bélgica, Holanda, Dinamarca o la zona francófona de Suiza. Los importadores buscan un perfil de vino de pueblo que tenga identidad y lo venden de forma diferente a otros riberas”.

Otra forma de contar la Ribera

Pese a la relativa novedad de estos vinos, diferenciarse a través del municipio es una estrategia que ha funcionado bien en Dominio de Cair, la bodega del grupo riojano Luis Cañas que se instaló en La Aguilera atraída por su valioso patrimonio de viñas viejas. Cair, el vino que da más visibilidad al proyecto, nació como genérico, pero pasó a comercializarse como crianza en 2015 y 2016. “En ese punto hicimos una reflexión sobre qué es lo que nos define: si hacer un crianza o un tinto con nuestras uvas de La Aguilera. Decidimos que teníamos que expresar el valor de lo que hacemos y de lo que nos hace diferentes”, cuenta Iñaki Cámara, gerente de Luis Cañas. En la añada 2017, el vino se renombró como Cair Selección de la Aguilera, enfatizando el origen. “El cambio nos ha ayudado a segmentar al cliente; el crianza nos limitaba a un mercado muy concreto y con la nueva denominación llegamos a un consumidor menos clásico y sin ataduras para beber los vinos que le gustan”, añade Cámara. El nombre de La Aguilera también aparece en Tierras de Cair, un vino con categoría de Reserva, pero sin ninguna alusión al envejecimiento en su etiqueta frontal.

Bardos, otro proyecto riojano, en este caso a cargo del grupo Vintae, también reorganizó su gama de vinos hace un par de años llevando a la etiqueta los nombres de los dos pueblos más emblemáticos de los que se aprovisionan: Moradillo de Roa, en Burgos, y Villálvaro, en Soria. 

Cvne ha ido más lejos tras la compra de Bodegas Anta a finales de la década de 2010, que renombró como Bela. “Desde el primer momento decidimos elaborar todo por separado para identificar calidades que pudieran ser interesantes en el futuro”, explica la enóloga Sara Juan. El tinto de entrada Bela (unas 300.000 botellas) y las pocas botellas de rosados que se hacen bajo esta marca proceden de sus viñedos de Villalba, donde está ubicada la bodega, y se identifican como tal en la etiqueta. Siguen Heredad Arano (unas 40.000 botellas), de sus viñas de Moradillo de Roa, y el top Áurea Minerva, un parcelario de una viña muy vieja de Peñaranda (3.000 botellas). Entre los tres conforman una gama completa de vinos de municipio.


Hay más ejemplos, como Dominio del Pidio, el proyecto de la familia Aragón para recuperar el barrio de bodegas de Quintana del Pidio, donde trabajan con viñedos viejos de mezcla de variedades y elaboraciones tradicionales dentro de un ámbito mucho más específico y acotado que el de la bodega madre Cillar de Silos.

Hoy, el abanico más amplio y variado de vinos de pueblo debe de ser el de El Lagar de Isilla. José Andrés Zapatero, propietario del restaurante, bodega y hotel del mismo nombre en Aranda de Duero y La Vid, ha contado con la asesoría del enólogo Aurelio García para crear una gama de “vinos de territorio” que da cabida a distintos vinos de pueblo y parcelarios elaborados a partir de las viñas viejas que el propio Zapatero fue adquiriendo en distintos municipios de Burgos y Soria desde finales de los años noventa. La colección incluye Guma, una pedanía de La Vid con suelos arenosos muy pobres que contrasta con las arenas con arcilla de Peñaranda situadas a mayor altitud, el dominio de la caliza en Langa de Duero, ya en Soria, o las arcillas profundamente rojizas de Matanza de Soria.

Este nuevo capítulo de la Ribera del Duero no ha hecho más que empezar.

Una guía para conocer los pueblos de Ribera del Duero

Atauta
Dominio de Atauta Blanco y Tinto
Dominio de Atauta Valdegatiles, Llanos del Almendro, San Juan, La Roza, La Mala (parcelarios)

Alcubilla de Avellaneda
Legaris

Guma
El Lagar de Isilla

Gumiel de Mercado
Arrocal Village
Arrocal Colmenares
Arrocal Casablanca, El Colorado y Canteras
Casa Lebai La Nava, Matadiablos, El Portillo (parcelarios)
Legaris

La Aguilera
Cair Selección La Aguilera, Tierras de Cair, Cair Albillo
Magna Vides Tinto y Blanco
Magna Vides Bancales del Sardal y Fuente del Zorro 
Hacienda Solano Selección y Viñas Viejas
Hacienda Solano Finca Peña Lobera y Finca Cascorrales (parcelarios)

Langa de Duero
El Lagar de Isilla

Mambrilla de Castejón
Vizcarra Senda del Oro y Vizcarra Torralbo
Vizcarra Inés y Celia (parcelarios)

Matanza de Soria
El Lagar de Isilla

Miño de San Esteban
Cuarto Lagar Tinta del País y Albillo Mayor
Cuarto Lagar Palito V Clarete y Tinto Joven 

Moradillo de Roa
Legaris
Bela Arano 
Bardos

Peñaranda de Duero
Bela Áurea Minerva
El Lagar de Isilla

Quintana del Pidio 
Magna Vides Viña del Cuadrón
Dominio del Pidio Blanco, Rosado y Tinto

San Juan del Monte 
El Lagar de Isilla

Sotillo de la Ribera
Majuelos de Callejo, Viña Pilar, El Lebrero, Finca Valderoble, Parajes de Callejo, Félix Callejo

Villálvaro
Bardos

Firma

Amaya Cervera

Periodista especializada en vino con más de 25 años de experiencia. Fundadora de Spanish Wine Lover y Premio Nacional de Gastronomía a la Comunicación Gastronómica 2023