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Son de Arrieiro y Xulia Bande: la mirada propia de una luchadora en Ribeiro

La trayectoria de Xulia Bande es de todo menos convencional. Ha sido profesora de gaita y saxofón, camionera, empresaria vitícola durante casi cuatro décadas, viticultora desde los 19 años y bodeguera por convicción tardía. En paralelo, ha construido —y reconstruido— un proyecto propio y muy personal en el Ribeiro, marcado tanto por la experiencia de trabajar la viña durante toda una vida como por un recorrido vital cincelado por episodios difíciles y decisiones valientes.

Mujer luchadora y de carácter generoso y noble, Xulia lanzó Son de Arrieiro con la cosecha 2014. No fue una estrategia de mercado ni una apuesta calculada, sino la evolución natural de un largo camino en el oficio. “Yo empecé a hacer vino cuando ya tenía claro cómo quería hacerlo”, asegura Xulia. Y ese “cómo” tiene mucho que ver con el territorio, con la experiencia acumulada durante décadas y con su manera de entender la viticultura.

La viña no fue inicialmente una elección. “Me crie con mis abuelos y pasé mi infancia en el campo cuando lo que quería era estar jugando en la plaza”, asegura Xulia, que nació en el valle del Arnoia. El cambio llegó cuando su abuelo enfermó y ella empezó a ayudarle. “De repente se me encendió algo. Después de que muriera mi abuelo, la viña quedó abandonada dos años pero al final volví a ella”.

Durante 38 años compaginó el cuidado de las viñas familiares con la dirección de una empresa de viticultura y enología que daba servicio a otras bodegas. Ese periodo resulta fundamental para entender Son de Arrieiro. “Fue mi gran escuela. Vi cómo se comportaba cada variedad en cada sitio, en cada suelo, en cada valle”. Trabajó en el Ribeiro, pero también en Rías Baixas y en Portugal, sobre todo los primeros años, cuando en su propia tierra no encontraba oportunidades.

Ser mujer y empezar con 19 años no allanó el camino. “No creía en mí ni el tato”, recuerda. Durante años tuvo que enviar a un trabajador mayor para cerrar los contratos. “Si iba yo, no me daban el trabajo. Eso duró hasta los 30, más o menos”. El cambio llegó cuando empezó a trabajar con Altos de Torona, en Tomiño, la finca vitícola más grande de Galicia, con más de 150 hectáreas de viñedo. “A partir de ahí ya no importó ni que fuera joven ni que fuera mujer, aunque a un hombre joven no le habría pasado nada de eso. Pero mira, algo cambió en la mentalidad de la gente”.


La casa invisible

Como tantas otras cosas en su vida, la casa donde hoy vive y trabaja, en el valle del Avia y a un paso del monasterio de San Clodio, no fue una decisión planificada. La encontró casi por azar en el año 2000, justo después de liberarse de un marido violento. Xulia buscaba un nuevo comienzo y un lugar donde guardar herramientas y aperos tras quedarse con la empresa. “Pasé un día de tormenta y se me cayó un tablero delante del tractor. Frené pensando que era un animal y vi un cartel medio borrado que ponía ‘se vende casa y finca’”.

No se veía ninguna casa, solo matorral y bosque. Llamó durante días a un número apenas legible hasta que alguien respondió desde Vigo. “Me dijo: la casa está ahí debajo, pero no se ve. Entre usted”. Cualquier otra persona se hubiera dado media vuelta, pero Xulia volvió aquella misma tarde con una hoz y un traje de aguas. Durante varios días no encontró nada, hasta que bajando por un sendero de roca se golpeó la cabeza. “Miré para arriba y dije: coño, la casa. Sí que estabas”.

La construcción estaba literalmente asentada sobre una roca. Bajo la vivienda había un hueco excavado que había funcionado como bodega, con temperatura natural estable y caída por gravedad. “Cuando vi eso pensé: esto es lo que quiero”. Reconstruyó la casa respetando piedra y madera, conservando suelos antiguos y muros gruesos. En 2012, cuando todo estaba recién terminado, un cortocircuito provocó un incendio que lo arrasó todo. “Todo menos lo que yo llevaba encima,” puntualiza. “El coche y yo nos quedamos”.

Para Xulia fue un golpe durísimo, pero también un punto de inflexión. Con su energía, su capacidad para ver siempre el lado positivo de las cosas y el apoyo de Benigno Freijedo, Beni, su pareja desde hace 18 años, volvió a reconstruir la casa, que hoy integra vivienda, bodega, sala de catas y un pequeño huerto ecológico con hierbas, árboles frutales y verduras. “Esta casa estaba destinada para mí”, confiesa. “Mi vino se llama Son de Arrieiro en homenaje a mi abuelo, que era arrieiro y llevaba vino a Pontevedra y traía pulpo. Y resulta que por esta casa pasa el camino de los arrieiros y yo estuve 10 años aquí sin saberlo”.


En Son de Arrieiro no existe una frontera clara entre vida y trabajo. “Esta es mi casa, mi bodega y mi oficina”, explica Xulia. Vive rodeada de viñas y recibe visitantes en el mismo espacio donde fermentan y envejecen los vinos. La bodega, excavada en la roca, mantiene una temperatura en torno a los 14 ºC en invierno y permite trabajar por gravedad, sin necesidad de bombeos.

El espacio es reducido y condiciona todo el proceso. Hay muchos depósitos pequeños, microvinificaciones y una logística bastante artesanal. “A veces hacemos tetris. Nos pedimos permiso para entrar y salir”, comenta Xulia.

El aumento de visitas llevó a una decisión práctica: transformar una piscina en sala de catas. “Nadie se bañaba y yo perdía los domingos limpiándola. Ahora es una sala de catas y más almacén”. Para Xulia, recibir gente forma parte del proyecto. “Después de tantos años yendo yo por el mundo, ahora la gente quiere venir y ver las viñas, las ovejas, la bodega. Ver que lo que cuentas es verdad”.

Cuatro hectáreas y tres valles

El viñedo de Son de Arrieiro suma unas cuatro hectáreas, repartidas en numerosas parcelas pequeñas en los tres valles históricos del Ribeiro: Avia, Arnoia y en menor medida, Miño. “Busco suelos, exposiciones y climas distintos”, explica Xulia. “No porque sea mejor, sino porque es diferente”.

La dispersión es considerable. En Arnoia, por ejemplo, una hectárea está formada por 178 pequeñas parcelas unidas con el tiempo. “Es una locura, pero es lo que hay aquí”. Salvo una excepción, todas las viñas son de su propiedad, adquiridas progresivamente a viticultores que se jubilaban, y están preferentemente aisladas de otras parcelas para evitar la contaminación por tratamientos sistémicos. “No llevo diez años trabajando así para que venga un vecino y me fastidie la viña,” confiesa Xulia, mientras nos enseña una parcela rodeada de bosque. Otra de sus máximas es trabajar a su manera, por eso, excepto en vendimia, todo el trabajo de campo, bodega y oficina lo gestionan entre Beni y ella.


En una región con tantas variedades locales, cada valle aporta matices distintos a los vinos porque también son muy diferentes en suelos, exposiciones, altitudes y clima. “Como son todo anfiteatros y valles rodeados de montañas, no hay ni una viña que sea igual a la otra.”

El Avia es, para Xulia, “el valle de la treixadura por excelencia”. En Arnoia destacan las variedades lado y loureira mientras que en el Miño, dependiendo del suelo, el godello ofrece perfiles muy distintos, sobre todo en canto rodado. “Un godello de esquisto no tiene nada que ver con uno de canto rodado. Ahí ves de verdad la influencia del suelo”, insiste.

El trabajo en viña se basa en una agricultura de vocación ecológica adaptada al contexto gallego. No utiliza sistémicos y la ventilación es la principal herramienta sanitaria. “Hacer un vino ecológico en bodega es bastante sencillo, pero en las viñas de Ribeiro es prácticamente imposible”, asegura Xulia. “O sacrificas cosas o te quedas sin cosecha”.

Mantiene manto vegetal todo el año, utiliza únicamente compost propio y no siembra cubiertas artificiales. “Las hierbas ya te dicen lo que necesita el suelo. Si hay helecho, hay acidez; si hay trébol, hay potasio. ¿Para qué voy a plantar algo que me engañe?,” razona Xulia, que cuenta también con la ayuda de sus 12 ovejas. “Son mi comando desbrozadora”, dice mientras las observa limpiar las cepas hasta la altura de la cabeza. Su cuadrilla ovina facilita la prepoda, aporta materia orgánica y reduce el trabajo mecánico.

La realidad climática de los últimos tiempos ha añadido dificultad. La cosecha 2025 fue especialmente dura, con un 51 % menos de uva blanca. “Fue un año de miseria, y el anterior ya había sido malo”. La sequía ha obligado incluso a plantear riego de apoyo en nuevas plantaciones. “No quiero riego en mis viñas, pero el primer año no las dejo morir”.

Variedades, microvinificaciones y tiempo

Xulia hace su propia selección clonal a partir de cepas antiguas y trabaja con castes o variedades tradicionales del Ribeiro como treixadura (“pequeñita, de piel dura y poco zumo”), lado, loureira, godello y albilla del Avia en blancos; y sousón, los distintos caíños, ferrón, brancellao o espadeiro en tintos. Ella siempre ha defendido el potencial del tinto en la zona, donde están permitidas 17 variedades de este color frente a 32 variedades blancas. “El Ribeiro siempre fue tierra de tintos. La gente piensa que es de blanco y no. Cuando yo tenía la empresa decía a los viticultores que plantaran tinto, pero me decían que no se vendía”. También evita variedades que, en su opinión, nunca se adaptaron bien a la zona. “El fracaso del Ribeiro fue implantar variedades que aquí no maduraban. Luego decían que los vinos eran ácidos, pero es que estaban verdes”.

En bodega, todas las parcelas y variedades se vinifican por separado, con extracciones suaves, sin filtrados y con un uso mínimo de sulfuroso. La madera —roble francés de 500 litros — se utiliza con moderación y con crianzas cortas. “Busco que marque un poco, pero que no quite fruta”.


En función de la añada, la producción de Xulia ronda las 15.000-18.000 botellas, repartidas en media docena de referencias. Todos fermentan con levaduras propias y pasan al menos dos años en bodega antes de salir al mercado. Los primeros fueron Son de Arrieiro blanco y tinto (4.000 botellas de cada uno, 22 €), con etiquetas que muestran al abuelo y sus mulas partiendo del Ribeiro. El blanco, un ensamblaje de treixadura del Avia con lado y loureira, ambas de las laderas altas del valle del Arnoia, se elabora en depósito de acero, donde permanece durante un año, sin paso por madera. Es un estilo fresco, con cierta salinidad y energía, que evoluciona bien tanto en copa como en botella, a juzgar por las dos añadas (23 y 24) que probamos en bodega. Son de Arrieiro tinto mezcla ferrón, sousón, brancellao y caíño longo de viñas viejas en el valle del Arnoia. Después de una maceración pre-fermentativa de unos 4-5 días en frío, el vino fermenta en depósito de acero y ofrece un perfil jugoso y expresivo, con notas de fruta roja golosa y fruta negra intensa.

Mezcla de añadas

Uno de los rasgos más singulares del proyecto son los vinos de mezcla de añadas. Según la viticultora, la idea surgió casi por necesidad. “Yo quería ver cómo evolucionaban los vinos y empecé guardando 100 o 200 litros de años especiales”, explica Xulia. Cuando el número de depósitos empezó a ser difícil de manejar, decidió ensamblar añadas con perfiles complementarios. “Una añada cálida me da fruta, una fría me da acidez y otra me equilibra. Así no tengo que tartarizar ni corregir”. A pesar de que al principio le pusieron pegas con el argumento de que “eso no se había hecho nunca”, la DO permitió que finalmente los vinos salieran con su sello, ya que todas las añadas estaban certificadas, aunque sin poder indicarlas en la etiqueta. Reforzando ese espíritu “indie”, Xulia los define en la etiqueta como “vinos de autora”.


El proceso de elaboración de los Añadas es largo: primero, Xulia selecciona unos 1.000 litros en total del blanco y del tinto Son de Arrieiro de cada añada —pueden ser dos, tres o cuatro—, después mantiene cada añada durante 20 días en barricas nuevas de 500 litros (el tinto lo tiene un mes en la barrica que ha pasado antes por el blanco) antes de integrar cada añada por separado en depósito durante otro año. Finalmente, se embotella y allí reposa otro año más, de ahí que estos vinos no salgan al mercado hasta ocho o nueve años después de la primera añada. “Es un riesgo enorme”, admite Xulia, que empezó haciendo 1.500 botellas y ahora está casi en las 3.000 y que se venden a un precio de unos 30 €. “Tienes mucho dinero parado ahí. Pero si no arriesgas, no consigues ese vino”.

Tanto el blanco como el tinto son vinos expresivos, personales y con gran textura, que se olvidan de las notas iniciales que imprime la madera y ganan profundidad y complejidad cuando se airean en la copa.

Además del Godello con lías X&B, que es un homenaje a su pareja y procede de una parcela de canto rodado a orillas del río Avia, la pequeña travesura de Xulia es A Argallada de Xulia (unas 1.000 botellas, 25 €), un rosado elaborado con las seis variedades tintas tradicionales de Ribeiro. Se vende sin tirilla del Consejo porque la DO no contempla la elaboración de rosados. Cada año elige las variedades más adecuadas y realiza un sangrado directo que resulta en un vino fino, fresco y sabroso, con notas de fruta roja y herbáceas. La demanda es tal que lo tiene vendido incluso antes de embotellarse.

Como le encanta experimentar y duerme poco, Xulia hace no solo licores con las hierbas de su huerto sino también xuropía (“el tostado de los pobres, que es mosto de treixadura encabezado con alcohol”) y trabaja en un vino naranja, que no sabe aún si verá la luz.


Su proyecto más reciente es un tostado tradicional pero a contracorriente, porque el principal ingrediente son uvas tintas, incluida garnacha tintorera, más algo de palomino. En 2025, a pesar de la escasez de la cosecha, Xulia apartó 1.500 kg de uva y los colgó en una especie de tendedero rústico pero muy cuidado —tiene hasta mosquiteras— que instaló en una antigua granja de pollos. Las uvas las vendimió casi verdes en agosto, aprovechando las noches cálidas y la ausencia de humedad en la uva para conseguir una buena deshidratación. “Los rendimientos son bajos, supone mucho trabajo porque hay que venir casi a diario para retirar uvas en mal estado y es un trabajazo, pero no me importa”, dice con una sonrisa y esa campechanía tan suya y natural. “Yo vivo feliz con mi locura”. Si el resultado es el esperado, el año que viene construirá una cabina más sólida para evitar mosquitos y velutinas.

Cuando se le pregunta por la continuidad del proyecto, Xulia lo expresa sin dramatismo: la viña le interesa a la siguiente generación, pero la bodega no tanto, al menos por ahora. Tiene dos nietos, de seis y dos años, y deja la puerta abierta a que, si algún día quieren, encuentren la tierra viva y bien cuidada. El contexto, sin embargo, es preocupante. En el Ribeiro se abandonan cada vez más viñas y quienes resisten son pocos. La llegada de grupos con músculo financiero de otras zonas ha reactivado parte del territorio, pero no siempre el viñedo histórico, más difícil de trabajar y de mecanizar. Mientras tanto, muchas parcelas tradicionales —la verdadera riqueza del Ribeiro— se van quedando bajo el monte.

En ese escenario, Son de Arrieiro no aspira a ser un modelo ni una solución, sino simplemente una continuidad posible: la de un Ribeiro construido desde la diversidad y la tradición. El resto será cuestión de tiempo y de que aparezca alguien con la energía y la capacidad de trabajo que hoy encarna Xulia Bande, algo tan poco frecuente como un rosado amparado por la DO Ribeiro.

Firma

Yolanda Ortiz de Arri

Periodista con más de 25 años de experiencia en medios nacionales e internacionales. WSET3, formadora y traductora especializada en vino