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La Palma, lucha y belleza en medio de los volcanes

Declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco en 2022, La Palma es un paraíso para los amantes del senderismo, en el que no es necesario elegir entre mar y montaña. En un mismo día se puede pasar del forro polar y las botas de trekking al bañador y las chanclas. 

Aunque es la quinta isla del archipiélago canario por extensión, es la segunda en altitud. El Roque de los Muchachos (2.426 metros) es uno de los mejores lugares del mundo para observar las estrellas y un mirador privilegiado sobre la abrupta orografía de La Palma. A sus pies se encuentra la caldera de Taburiente, el mayor cráter volcánico emergido del mundo, con unos ocho kilómetros de diámetro y hasta 2.000 metros de desnivel. La cordillera volcánica de Cumbre Vieja recorre la mitad sur de la isla como si de una aleta dorsal se tratara.

Junto con El Hierro, La Palma es el territorio más joven del archipiélago y también el de mayor actividad volcánica. La última erupción se produjo en 2021 y sepultó parte de los viñedos del paraje de Las Manchas. Quien visite hoy la isla puede conducir entre las coladas volcánicas y contemplar la devastación provocada por el Tajogaite, pero también los trabajos de reconstrucción y recuperación que no cesan.

Barlovento y sotavento

La sorprendente diversidad climática, de vegetación y de cultivos que se concentra en un territorio relativamente pequeño responde tanto a los cambios de altitud como a las grandes diferencias entre sus dos vertientes. La oriental, o barlovento, recibe de lleno la influencia de los vientos alisios, lo que genera el famoso mar de nubes y propicia temperaturas más suaves y una mayor humedad La vertiente occidental, o sotavento, queda protegida del viento, pero es más árida y cálida.

Con sus numerosos barrancos, el norte es verde, fértil y abrupto (imagen inferior); la punta sur, en cambio, es negra y ventosa. En el este, donde se encuentra la capital, Santa Cruz, el día a menudo amanece coronado por las nubes, mientras que Tazacorte, en el extremo opuesto de la isla, está considerado el municipio más soleado de Canarias. La empinada carretera que asciende al Roque de los Muchachos va dejando atrás las huertas y los cultivos de las medianías para adentrarse sucesivamente en la franja húmeda y frondosa de los bosques de laurisilva y pino canario, donde la temperatura es significativamente más baja. Cuando desaparecen los árboles, solo queda el matorral de alta montaña y la insolación se acentúa. 


En esta suerte de continente en miniatura, el viñedo es el cultivo con mayor capacidad de adaptación. Entre los 200 y los 1.400 metros de altitud, el contraste es enorme entre las parcelas más elevadas y abancaladas del norte, que se asientan en los terrenos más viejos, sin capa de arena, y los viñedos del sur, donde la ceniza volcánica o picón puede alcanzar los dos metros de profundidad. 

Viñedos en riesgo

La fascinación del paisaje es directamente proporcional a la dificultad del cultivo. “Los viticultores se enfrentan a la sequía persistente, al abandono progresivo de las parcelas, a la falta de relevo generacional y a los elevados costes de trabajar en bancales donde la mecanización es prácticamente imposible. A todo ello se suma la constante presión de la fauna silvestre que amenaza los cultivos en cada campaña”, escribió Eva María Hernández Alonso, gerente del Consejo Regulador, en el monográfico que la Real Sociedad Cosmológica de La Palma* dedicó a los vinos de la isla en 2025. En él se incluía el gráfico que se muestra a continuación, con datos muy reveladores sobre la edad de los viticultores palmeros. El grupo más numeroso es el de 60 a 70 años, seguido del de 70 a 80 años y del de 50 a 60 años. Según Hernández Alonso, “cultivar aquí es, ante todo, un acto de resistencia y de compromiso con la tierra”.


Es significativo que, mientras el número de bodegas se ha mantenido más o menos estable en los últimos 25 años (hay 19 acogidas al Consejo en la actualidad), el de viticultores no ha hecho más que descender. Para Carlos Lozano, director técnico desde hace más de 30 años de Bodegas Teneguía (la cooperativa Llanovid de Fuencaliente), el principal problema está en el sur, en lo que él llama “el secano duro”, donde cada vez llueve menos y, cuando lo hace, es con fuerza y fuera de época. “En 2000 se registró la cosecha del siglo en La Palma. Después, todo ha sido declive”, asegura. 

Aquel año marcó máximos históricos en producción (2.268.386 kilos amparados) y superficie de viñedo (1.050 hectáreas). Hoy, hay 441 hectáreas acogidas al Consejo y 778 viticultores frente a los 1.155 de la actualización que se hizo n 2013. En la década de 2010, solo tres añadas superaron el millón de kilos. Desde entonces, esta circunstancia solo se ha dado en 2022 y todo apunta a que se repetirá en la vendimia en curso. 


Situaciones particularmente dramáticas, como el gran incendio que afectó a Mazo y Fuencaliente en 2009 y las riadas que se produjeron unos meses después, marcaron un punto de inflexión, con el consiguiente abandono de parcelas. La sequía y sus consecuencias (bajos rendimientos, agotamiento y, en el peor de los casos, muerte de las plantas y presión de la fauna local) siempre están al acecho, como una pesada espada de Damocles.

Los retrocesos más importantes de viñedo se han producido en la subzona de Hoyo de Mazo, en el este, caracterizada por un cultivo muy tradicional de cepas rastreras sobre suelos acolchados con piedras volcánicas o picón. “El cultivo aquí es muy complicado por el oídio y la fauna silvestre”, explica Hernández Alonso. “Cuando una parcela queda aislada, la presión es tan brutal, que se termina abandonando porque la uva no llega a término; se la comen los pájaros y los lagartos. Y el abandono lleva a más abandono”. La bodega de referencia de la zona, la SAT Hoyo de Mazo, que fundó la DO junto a Teneguía y Carballo, lleva varias campañas sin vendimiar. 

Los problemas, a menudo, superan el ámbito de viticultura. Un ejemplo es la plaga de cochinilla mexicana que se inició en 2010 y que, en 10 años, arrasó las chumberas de las que se alimentaban los pájaros trasladando más presión al viñedo. “El ecosistema es tan frágil que todo nos afecta”, apunta la gerente del Consejo Regulador.

En Fuencaliente, se han perdido sobre todo los viñedos de las zonas más altas que rayaban con los bosques de pinos; parajes como El Tión que se ven especialmente afectados por los incendios. El cultivo, según explica Lozano, se ha acabado concentrando en los parajes de Llanos Negros y Las Machuqueras, “porque hay posibilidad de agua para riego y las pendientes de la ladera son accesibles”.

Rumbo al norte

Victoria Torres Pecis (en la imagen inferior), la viticultora con mayor proyección internacional de la isla, ha asentado su prestigio sobre las malvasías secas y dulces de Llanos Negros y el listán blanco de las Machuqueras. En los últimos tiempos ha recurrido a mezclas de añadas para compensar la baja producción o los desequilibrios de las cosechas, consiguiendo a cambio vinos de profundidad y complejidad. También lleva varios años trabajando con uvas de la subzona norte. Allí tiene tres viñedos repartidos entre Tijarafe, Puntagorda, y Garafía. Gracias a la mayor presencia de arcilla, los suelos son más fértiles, admiten mayores densidades de plantación y permiten obtener rendimientos de entre 7.000 y 8.000 kg/ha. Un buen ejemplo es una cara norte plantada con listán blanco, listán prieto y negramoll junto al barranco de Garome, donde consigue uvas con buena acidez y frescura.


La parte septentrional de la isla parece destilar un mayor dinamismo en los últimos años. Con vino en el mercado desde la cosecha 2023, el veinteañero Michael Candelario es la nueva estrella emergente de La Palma. Se sirve de viñedos familiares de Puntagorda y de uvas que compra a viticultores locales, y cuenta con la ayuda de Iñaki Garrido (Las Toscas, Tenerife). Las escasas 8.000 botellas que produce -un tinto y un blanco de mezcla de variedades bajo la marca Candelario-, han llegado al mercado internacional, generan cada vez más demanda y son casi imposibles de encontrar.

Más accesibles son las elaboraciones de Patricia Perdomo, quien, junto a su hermana Lucía, tomó el relevo de la bodega familiar de Garafía en 2018. Patricia ha mantenido la marca Piedra Jurada, bien asentada en el mercado local, pero ha enriquecido notablemente la gama con vinos más complejos. Destacan especialmente sus blancos construidos en torno al albillo criollo, como el Ideas Etéreas, de crianza sobre lías en barrica; el original pét-nat La Cicla; o El Cántaro, un field blend con algo de listán blanco que forma parte de una gama de elaboraciones más tradicionales, apoyada en viñedo viejos y que incluye también un vino naranja.  

Otro proyecto notable de reciente creación es Montaña del Arco, a cargo del italiano Diego de Lorenzo (en la imagn inferior), con larga trayectoria en el mundo de la restauración. Con gran esfuerzo, ha reunido 40 parcelas abandonadas que formaron parte de una antigua finca de viñas en Puntagorda, donde pretende replicar el modelo de la casina, la hacienda agrícola típica del entorno de Milán. Son cinco hectáreas, dos de ellas de viña, a las que podría añadir alguna plantación más en el futuro, y que combina con una parcela vieja de listán blanco, olivos, huerta y animales, todo en ecológico. Elabora vinos muy originales, como un desenfadado ancestral de negramoll (Chubasco), o un energético y expresivo vijariego negro (Amagante) que fermenta y cría en ánfora cerámica. 


Pese a este mayor movimiento y la mayor facilidad para trabajar el viñedo en cotas altas por la menor humedad y la existencia de parada vegetativa, el norte no es ajeno a las dificultades. El Consejo empieza a percibir la fata de relevo para gestionar los viñedos que se plantaron con los planes de reestructuración de principios de los 2000. La sequía está presente, aunque de manera menos extrema, y tampoco faltan los fenómenos naturales extremos. En 2023, un incendio afectó a un buen número de productores, entre ellos Michael Candelario, en su año de estreno, y Vicky Torres, a quien se le quemó una viña apenas unos días antes de la vendimia. 

La bodega más perjudicada, con diferencia, fue Tendal, en Tijarafe, que vio cómo ardía la mayor parte de sus instalaciones. Desde entonces elabora en unas naves del ayuntamiento destinadas a alojar empresas locales. En 2025 elaboró ya 87.000 botellas, cada vez más cerca de las 100.000 que tenía antes del desastre. El grueso de su producción es tinto destinado al mercado local, aunque también es conocida por sus albillos. Constancio “Constan” Ballesteros (n la imagen inferior) originario de La Mancha, donde su sobrino gestiona el proyecto de variedades autóctonas Llámalo X, da rienda suelta a su imaginación en la gama experimental O’Daly. Aquí lo mismo cabe una malvasía con pieles que una tintilla vinificada con raspón. Otro vino que nos encantó fue un tinto de negramoll, especiado y vivaz, con un año de crianza en depósito que destinan al mercado americano. Lo más inesperado es un proyecto de sidras que aprovecha las condiciones de la vertiente más húmeda de la isla, a barlovento y en la zona de influencia del bosque de laurisilva, para el cultivo de manzana.


Buscar el relevo

¿Es suficiente la pasión de un grupo de productores para mantener viva la llama de los vinos palmeros y, sobre todo, frenar la pérdida de viñedo?

El Consejo Regulador lleva varios años poniendo en contacto a viticultores que no pueden seguir cultivado sus viñas con otros en activo con los que puedan firmar un contrato de arrendamiento. “Ha servido sobre todo para que las bodegas puedan aumentar su capacidad de producir uva propia, pero la realidad es que se abandona más superficie de la que se puede recolocar”, explica Hernández Alonso.

La obsesión actual de la cooperativa de Teneguía no es solo la recuperación, sino conseguir que el cultivo resulte rentable. En palabras de Carlos Lozano, “ver cómo podemos convencer al viticultor de que se puede vivir del viñedo”. La cooperativa ha comprado 1,5 hectáreas de terreno y desde hace dos años está comparando tres tipos de conducción dentro de un estudio de rentabilidad de la malvasía: tradicional, parral bajo y espaldera (imagn inferior), analizando costes, producciones y tiempos de trabajo. El proyecto se lleva a cabo en colaboración con la Reserva de la Biosfera y hay otra iniciativa junto al grupo Alma Carraovejas para estudiar la microbiota del suelo en zonas donde la materia orgánica está prácticamente a cero.


De momento hay pros y contras: “La espaldera necesita más agua con la sequía. El parral bajo es más incómodo, pero los viticultores lo entienden bien y evitan la amenaza de los conejos”, explica Lozano. En el caso de la malvasía, que exige una poda muy larga, con la espaldera se consiguen más yemas que con una planta tradicional, que puede llegar a ocupar 10 o 15 metros cuadrados. 

El director técnico de Teneguía también ve futuro en inmigrantes asentados en la isla que están empezando a recuperar viñedo o comprando terreno para plantar viña. “En los dos últimos años hemos subido en número de socios”, explica. Lo más importante, desde su punto de vista, es profesionalizar la viticultura en una zona en la que aún en la cosecha 2025 procesaron 12.000 kilos de socios que trajeron menos de 100 kilos cada uno.

Para Vicky Torres, el curso formativo de viticultura y enología (“aunque toca más enología que viticultura”) que se imparte en Puntagorda es una buena iniciativa para dirigir a los jóvenes hacia la viña.

Variedades

Los brotes verdes son bienvenidos, aunque el contexto de los mercados no deje de complicarse. La caída de la demanda de vino tinto, por ejemplo, se siente ya en muchas bodegas de La Palma. Por suerte, la isla tiene buenas bazas blancas que jugar.

Aunque muy escasa (menos del 3% de la uva vendimiada), la malvasía ocupa el vértice de la pirámide de calidad. Si los mejores blancos secos tienen mucho de todo y una personalidad arrolladora, los dulces son la joya histórica de obligada conservación, pero requieren ser valorarlos como merecen. Pese a las complicaciones que conlleva la poda larga, la variedad tiene su grand cru en Llanos Negros. La cooperativa creó hace unos años una gama de vinos de producción limitada bajo este nombre, con diferentes variedades cultivadas en el paraje, entre los que destacan la malvasía seca La Batista y el blanco seco de mezcla de añadas Los Tabaqueros.


En el día a día, el albillo criollo se ha convertido en la carta de presentación blanca de La Palma. En la cosecha 2025 fue, por primera vez, la variedad más abundante (154.418 kilos de un total de 696.631). Aunque sensible al oídio, se desarrolla bien en la zona norte, por encima de los 1.000 metros de altitud, y su carácter fresco y aromático la hace muy actual. Más allá de los blancos jóvenes, está demostrando una buena capacidad de envejecimiento con lías, así como versatilidad para intervenir en mezclas o elaborarse en versión espumosa o con pieles. 

La listán blanco (casi un 20% de lo cosechado en 2025) es algo más austera, tiene más caras y hay mucha más variabilidad cualitativa, pero expresa bien los suelos y está bien establecido dentro de los vinos canarios; el mayor interés está en explorar las expresiones propias de La Palma. 

El vínculo con la isla es mucho mayor en el caso de la tinta negramoll. Se trata, no obstante, de una variedad con muchos problemas de brotación en cotas bajas y con dificultades para ganar color en las zonas más elevadas. Con ella, la cooperativa elabora el único tinto de la gama Llanos Negros, pero no consigue sacarlo al mercado todos los años. Y este verano Vicky Torres nos contaba cómo está desapareciendo de las zonas costeras y las medianías. Pese a todo, sigue siendo uno de los grandes estandartes de la isla y, domina con frecuencia los field blends y tiene buenas aptitudes para elaborarse como rosado o clarete.

Productores que acaban de empezar y plantar viña, como Diego de Lorenzo, se han interesado también por variedades minoritarias como vijariego blanco y negro (“la negro es la que más he plantado pensando en el cambio climático”), listán prieto o baboso negro. La cooperativa, por su parte, ha decidido realizar una de sus nuevas plantaciones con gual.
Con más de 20 variedades autorizadas, las posibilidades de mezcla que ofrece un patrimonio varietal tan rico son casi infinitas. Y aún hay quedan ases en la manga, a juzgar por los resultados de las prospecciones realizadas en la isla y presentadas por la profesora e investigadora María Francesca Fort, de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona. El estudio ha desvelado la existencia de tres variedades desconocidas hasta ahora, que se han bautizado como aromática eufrosina, cagarruta de oveja y viñarda rosada. Los nombres son muy poco comerciales, pero añaden elementos únicos a esa narrativa agridulce de la isla, que parece moverse siempre entre la fascinación y la fatalidad. 

*La Cosmológica toma su nombre de Cosmos, obra del naturalista y explorador alemán Alexander von Humboldt, quien visitó Canarias en 1799.  

Firma

Amaya Cervera

Periodista especializada en vino con más de 25 años de experiencia. Fundadora de Spanish Wine Lover y Premio Nacional de Gastronomía a la Comunicación Gastronómica 2023