SWL.

SWL.

Forlong: inconformismo y guiños a la tradición sin salir de Balbaína

Al otro lado de los altos muros y las torretas del Centro Penitenciario Puerto III, una de las cárceles más grandes de España, la familia Áspera iniciaba en 2007 una ilusionante etapa con la compra del antiguo Olivar de Forlón, en Balbaína Baja. Situada a siete kilómetros del Atlántico, en la carretera que une Jerez con Rota, la propiedad había pertenecido a Peter Furlong, un comerciante británico que en el siglo XVIII cultivó allí olivos y viña.

“Cuando llegamos, lo que había sido la casa viña de Peter Furlong estaba en ruinas y solo quedaba el nogal grande del aparcamiento, el laurel y un par de olivos. Todo lo que veis ahora lo hemos ido plantando nosotros desde entonces”, cuenta Alejandro Narváez, que tiene que alzar la voz por el estruendo de los Harrier de la Base Naval de Rota que sobrevuelan la finca. Junto a su pareja Rocío Aspera, es dueño de esta propiedad de Balbaína Baja, integrada en un antiguo pago que llegó a extenderse por unas 300 hectáreas.

El padre de Rocío, asesorado por Manuel Bustillo, viticultor y técnico del Rancho de la Merced, plantó una hectárea con hasta 16 variedades diferentes, desde palomino y chardonnay hasta merlot y uvas de mesa. Al principio, aquello no pasaba de ser un hobby: ni Alejandro, con formación en marketing, ni Rocío, licenciada en Empresariales, ni el padre de ella, dedicado al sector inmobiliario, pensaban ganarse la vida con la viña. Sin embargo, la primera vinificación experimental en 2009 despertó su interés, así que decidieron estudiar enología y aprender el oficio.

Lo que empezó como un entretenimiento de fin de semana es ahora uno de los proyectos vitivinícolas más dinámicos de El Puerto de Santa María, con una producción media de unas 80.000 botellas y una docena de referencias, entre blancos, tintos, espumosos y vinos al estilo tradicional, todos amparados por la IGP Vino de la Tierra del Cádiz. Para llegar hasta ahí, Rocío pasó cuatro años aprendiendo junto a Willy Pérez, mientras Alejandro emprendía un recorrido por Francia, país de origen de su familia materna, que le llevó a Madiran, en el suroeste, donde trabajó en Château d’Aydie y después, en 2012, a Burdeos, donde pasó dos años en Smith-Haut-Lafitte.


Tinto sobre blanco

Después de trabajar en Francia con variedades como la sauvignon blanc, Alejandro volvió a El Puerto convencido de que los blancos debían ser una pieza clave del proyecto, pero se encontró que, en aquel momento, más allá de los vinos tradicionales del Marco de Jerez, la atención se centraba en los tintos de Cádiz.

Los primeros ensayos de blanco coincidieron con la etapa en que Rocío trabajaba con Willy Pérez, también muy implicado por entonces en los tintos. Una de aquellas pruebas, un ensamblaje de palomino y pedro ximénez —precursor de su actual Forlong Blanco— acabó en manos de Luis Pérez, padre de Willy, y de José María Mateos, entonces director de la Estación de Enología de Jerez. Rocío y Alejandro se lo dieron a probar a ciegas y no solo les gustó, sino que animaron a la pareja a explorar esa vía y reivindicar la palomino como una variedad capaz de dar blancos con identidad propia, más allá de su papel como materia prima de los generosos.

Pese a esa apuesta, el mercado marcaba otras prioridades y, durante los primeros años, los blancos en Forlong ocuparon un lugar secundario frente a los tintos. Incluso algunas de las decisiones iniciales fueron fruto de la inercia del momento más que de una reflexión sobre qué variedades tenían realmente sentido en la finca de Balbaína. “Hoy en día tenemos plantadas Syrah y Merlot, pero porque era la moda de la época”, reconoce Alejandro, que todavía utiliza ambas variedades en algunos tintos.

También hicieron rosado en 2014, cuando todavía era un estilo poco habitual en Cádiz. “No digo que me bebiese todas las primeras botellas, pero unas pocas sí”, bromea Alejandro. Desde entonces, las preferencias han cambiado de forma notable. “Desde el Covid, la demanda ha crecido hasta el punto de que casi todos los años doblamos producción en rosado. ¡Fíjate cómo cambian las modas!”.

La bodega, mientras tanto, iba tomando forma. En 2014 empezaron a vinificar en la antigua casa viña de Peter Furlong, que levantaron prácticamente desde cero. Excavaron unos 250 m² para habilitar una zona subterránea de crianza y reconstruyeron el edificio, hoy oficina y espacio de vinificación. Para el tejado recuperaron vigas de pino de Oregón procedentes de la cercana Base Naval de Rota, donde los militares estadounidenses habían utilizado esos troncos como postes telefónicos hasta los años ochenta.


Las primeras elaboraciones apenas alcanzaban las 3.000 botellas y su intención siempre fue crecer para hacer viable el proyecto, pero sin perder el control de la viña y la bodega. De hecho, y aunque las instalaciones permiten producir hasta 150.000 botellas, Rocío y Alejandro siguen marcando el límite en la disponibilidad de uva propia. En 2026, una de sus cosechas más abundantes, vinificaron unos 110.000 kilos, ayudados por tres factores: una climatología benigna en el Marco en esta añada, la entrada en producción de cuatro nuevas hectáreas, y Sasha, la perra de la pareja, que se encarga de mantener a raya a los conejos que escarban y agujerean la albariza.

Adaptarse al medio

La evolución de Forlong ha ido en paralelo a una búsqueda progresiva de identidad en el viñedo y al aprendizaje a base de prueba y error. Influidos por lo que Alejandro había aprendido en Francia, dejaron crecer la cubierta vegetal espontánea durante el primer año, convencidos de que aquello favorecería la vida en el suelo. “El segundo año, al ver que las cepas estaban sufriendo, me di cuenta de que ese sistema aquí no funcionaba y había que cambiarlo”, reconoce Alejandro. “El terreno se había compactado hasta tal punto que ni siquiera podíamos meter una reja para labrar”.

Desde entonces, alternan calles con cubierta vegetal y otras labradas, siembran gramíneas para favorecer el equilibrio del suelo y han aprendiendo a manejar problemas como la clorosis, habitual en terrenos calcáreos como Balbaína. También recuperaron la tradicional aserpia, un sistema de zanjas cavadas que retiene el agua de lluvia, y cambiaron su forma de combatir el oídio. En lugar de aumentar los tratamientos, desarrollaron un apero para el tractor que corta y pulveriza la capa superficial de albariza. La tierra, convertida en un polvo fino, se aplica después sobre las hojas y los racimos como una película protectora. El resultado es una finca más sana y equilibrada, fruto de años de ajustes. “Todo esto se consigue a base de tiempo, y de entender dónde estamos”, resume Alejandro.


Trabajando en ecológico y con prácticas biodinámicas, cultivan siete hectáreas en Balbaína Baja, con suelos de lustrillos en superficie, donde se entremezclan hierro y sílice, y siete más en Balbaína Alta, donde predomina la albariza tosca y algo de barajuela. En esa finca, llamada Las 14, el contraste térmico entre el día y la noche es mayor, lo que retrasa la maduración y da uvas con menos grado alcohólico que en la parte más cercana al océano.

Todas las plantas están en espaldera, que se adapta bien a la poda tradicional de vara y pulgar del Marco y permite tutorar las plantas con alambres para evitar la rotura de pámpanos cuando sopla el viento de Levante. Además, asegura el viticultor, la espaldera les ayudará en un futuro si necesitan mecanizar, una posibilidad que empiezan a contemplar tras las dificultades para encontrar personal para la vendimia en 2026. “La suerte ha sido que no hemos tenido calor; si no, no recogemos ni un cuarto de la cosecha”, asegura Alejandro. La mecanización, con todo, tampoco resolvería todos los problemas. “No tenemos la capacidad de molturar toda esa cantidad de uva al mismo tiempo”.

La palomino como punto de partida

La diversidad varietal de Forlong es herencia de aquellos primeros años, pero también refleja el interés de Rocío y Alejandro por variedades locales como la palomino —de la que tienen tres clones distintos—, la tintilla de rota, la perruno, con la que han hecho este año una vinificación experimental, o la pedro ximénez, que en la añada 2026 vuelve al ensamblaje del primer Forlong Blanco, después de años siendo monovarietal de palomino.

Con cerca de 28.000 botellas, Forlong Blanco (12 €) representa casi un tercio de la producción. La idea es hacer un blanco accesible, sin renunciar al carácter salino y la textura que aportan los suelos de Balbaína Baja. La recuperación de la pedro ximénez conecta, además, con los primeros embotellados de la bodega. “Mucha gente que nos conoció al principio nos volvía a pedir que metiéramos de nuevo PX”, explica Alejandro.

Mon Amour (3.000 botellas, 21 €) es una expresión más afrancesada de la palomino y procede de la primera viña plantada en el pago de Forlong. Fermenta en barricas de roble francés donde permanece un año sobre sus lías finas. Alejandro probó a hacer bâtonnage en la primera añada, pero decidió abandonar la práctica. “Nos pareció que enmascaraba demasiado la sapidez, que es lo que nos da frescura. Desde entonces siempre dejamos las lías sin remover”.


La referencia más disruptiva de Forlong es 80/20 (2.000 botellas, 15 €), un vino naranja de palomino que macera unos 40 días con pieles de Pedro Ximénez en ánfora y se embotella sin filtrar ni añadir sulfitos. El nombre se mantiene desde la primera añada, cuando un 80% del palomino se maceraba y un 20% no. Aunque ahora maceran toda la uva, decidieron conservar el nombre y también la etiqueta, obra, como el resto de la gama, del hermano de Rocío, fotógrafo artístico. Para representar aquella proporción, creó una divertida imagen de una dorada comiéndose una Barbie. “Es un vino natural, orange, y quien compra esta botella normalmente sabe dónde se mete”, comenta Alejandro.

Amigo Imaginario (2.800 botellas, 21 €) es un palomino de 70 años de la viña Corrales, en la finca de Balbaína Alta. Al principio, la uva se destinaba a Forlong Blanco pero al ver su potencial, Alejandro decidió elaborar algo diferente. Tras unos 30 días de maceración con pieles en acero inoxidable, el vino pasa dos años en botas de oloroso, combinando el carácter de un vino naranja con notas oxidativas de la crianza. La continuidad de esta viña, sin embargo, está en el aire por su escasa producción y la dificultad de trabajarla. “Me encanta la zona, pero el coste de producir uva allí es casi cuatro veces mayor que en Balbaína Baja. Llevamos años trabajando el suelo para conseguir más superficie foliar. Incluso nos gastamos un dineral en abonar, pero aquella tierra es muy caliza”, confiesa Alejandro, que ahora se plantea comprar otra viña vieja de la zona, que ya utilizó en los primeros años del proyecto, y que considera más equilibrada.

Tintilla y más

Los tintos siguen en la gama, aunque su estilo ha evolucionado y tienen menos rotación que en los primeros años. Petit Forlong es el más accesible (18.000 botellas, 12 €) y desde hace unos años se elabora principalmente con syrah, acompañada de un 10% de tintilla, después de haber incluido merlot en sus primeras versiones. La syrah se vendimia pronto para conservar frescura y acidez, y pasa seis meses en ánfora y otros seis en barricas usadas de 225 litros, buscando microoxigenación pero sin que la madera marque el vino. “Petit Forlong es un tinto democrático y ligero, pensado para el disfrute, y para que se sirva en una cubitera en las terrazas gaditanas”, explica Alejandro.


La merlot, en cambio, ha demostrado sus límites en el clima local. “Es una variedad con la que he trabajado mucho, pero no va bien en esta zona. Sufre mucho con el Levante y en cuestión de un par de días se pasifica”. Las plantas que conservan se destinan a Forlong Assemblage (6.000 botellas, 15 €), un tinto de perfil más clásico que combina un 60% de merlot con un 40% de tintilla, pero no se elabora todos los años. En este ensamblaje, criado durante 12 meses en barricas de 225 litros, la tintilla aporta el nervio.

Con la tintilla elaboran otros dos tintos y un rosado. Forlong Tintilla (4.000 botellas, 21 €) es un monovarietal tinto que se cría seis meses en ánfora y otros 12 en barrica francesa y se elabora solo en añadas cálidas por lo que suele alcanzar mayor concentración que Terracotta (6.600 botellas, 18 €), su homólogo en añadas dominadas por el viento de Poniente, como 2021 o 2024. En este caso, solo se cría en ánfora y tiene un perfil más primario, floral y especiado. Sale también la acidez natural de la tintilla, algo importante en una zona cálida como Balbaína, donde los tintos suelen tener pH altos (3,4 en la añada 2024).

Rosados y burbujas

Forlong Rosado (6.000 botellas, 12 €) se vendimia con 11,5% de alcohol, una graduación baja para la tintilla de Rota, que suele estar entre 13,5 – 14%. Como la variedad tiene mucho color, solo se coge mosto de la primera hora de prensado buscando un rosado pálido. Alejandro destaca su carácter sápido, acompañado de notas de hinojo y lantana, un arbusto muy extendido por la comarca. En exclusiva para Aponiente, el restaurante estrellado de Ángel León en El Puerto, elaboran además un espumoso rosado de tintilla de Rota, un proyecto que mantienen desde 2016 y cuya producción ronda las 1.200 botellas anuales.

Forlong Burbuja (3.500 botellas, 21 €) es su espumoso ancestral, elaborado con palomino de Balbaína Alta, aunque la añada 2026 incorporará también uva de Balbaína Baja. La idea de elaborar espumosos tiene raíces en el Marco, donde Pedro Domecq ya los exportaba a finales del siglo XIX, pero también familiares; de hecho, el abuelo francés de Alejandro, agrónomo de profesión, se ocupaba de la comercialización internacional del champagne Pierre Gimonnet. Hacia 2016, Ale Muchada, que había trabajado con espumosos en Alba, en Sanlúcar, se ofreció a enseñarles y desde entonces lo elaboran cada año. El método ancestral tiene sus riesgos, por la explosión no deseada de algunas botellas. “De hecho, ahí tenéis el tiro de Tejero, que se quedó en el techo para la posteridad”, bromea Alejandro, señalando la marca que dejó una de ellas. Con degüelles a partir de febrero o marzo, consiguen un ancestral ligero, con notas de flores blancas y una sapidez que aporta frescura.


Mirada a la tradición

La gama se completa con vinos que se nutren de la tradición del Marco como La Fleur (1.700 botellas, 42 €), una palomino asoleada durante dos días hasta alcanzar de forma natural 15-16% de alcohol y fermentada en botas con velo de flor. Con crianza estática, es, en esencia, un fino de añada, aunque, por voluntad propia, no está amparado por la DO Jerez.

Desde la primera añada de La Fleur en 2015, Forlong selecciona para esta gama los vinos más finos y delicados, siguiendo el espíritu de las tradicionales palmas. De hecho, la añada actual en el mercado, 2016, se embotelló tras seis años de crianza y en la bodega la consideran un ‘Dos Palmas’. La idea es seguir explorando la crianza biológica y sacar en un futuro un ‘Tres Palmas’ aunque Alejandro es realista: “Me encantaría hacer más vinos de este tipo, pero todavía tenemos que ver esto funcionar de forma más holgada”, admite.

Otro de los vinos que conectan con la recuperada corriente de vinos de pasto del Marco es Stardust (1.200 botellas, 38 €), un palomino salino y con notas ahumadas asociadas a los suelos de lustrillo de Balbaína Baja. Se cría durante un año en botas jerezanas llenas hasta arriba para evitar la aparición del velo de flor. Rocío y Alejandro aceptan la denominación Vino de Albariza promovida por el Consejo Regulador de la DO Jerez, pero también defienden el término vino de pasto, históricamente asociado a vinos de menor graduación que acompañaban la comida. “La historia es la que es, y somos capaces de argumentarla, cosa que creo que es muy importante”, asegura el productor gaditano.


De El Puerto al mundo

Forlong cuenta con una buena acogida en la hostelería gaditana e incluso está presente en el supermercado americano de la Base Naval de Rota, pero su mercado va más allá de la provincia: la bodega vende en el resto de España y exporta alrededor de la mitad de su producción. Estados Unidos es su principal destino internacional, seguido a bastante distancia por Japón.

El enoturismo ofrece otra vía de crecimiento en una provincia que recibe 2,9 millones de visitantes. Hasta hace poco era una actividad residual en la bodega, pero ahora cuentan con aparcamiento, sala de catas, venta de aceite de la finca y una persona, Carla, dedicada a recibir visitantes durante todo el año, salvo en vendimia. 

La amplitud de la gama, que Alejandro reconoce que quizá sea excesiva, juega a favor de las visitas. “Aquí recibimos gente de todo el mundo. Nuestro pilar básico es Forlong Blanco, pero muchos nunca han probado un orange wine, y menos de Jerez, así que nos gusta poder ofrecer esa diversidad”.

Firma

Yolanda Ortiz de Arri

Periodista con más de 25 años de experiencia en medios nacionales e internacionales. WSET3, formadora y traductora especializada en vino

Artículo Anterior
Mas La Plana 2020 Tinto