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Cinco productores con los que nos detuvimos a charlar en Barcelona

Nanclares y Prieto, Rías Baixas

Alberto Nanclares y Silvia Prieto, el dúo que firma algunos de los albariños más personales y consistentes de Rías Baixas, se prodigan muy poco por ferias, pero este año acudieron a BWW y a finales de mes -otra buena oportunidad para charlar con ellos y probar sus vinos- estarán en Oporto en Simplesmente Vinho. 

Alberto, que dejó su trabajo como economista en Madrid a principios de los noventa para instalarse en Galicia, empezó a cultivar el viñedo que rodeaba su casa de Castrelo casi como un hobby; luego transformó su garaje en bodega y a principios de los 2000, tras comprar algo más de viña, se convirtió oficialmente en productor de Rías Baixas. En 2015 se asoció con la enóloga Silvia Prieto y hoy producen entre 80.000 y 85.000 botellas anuales repartidas en 23 etiquetas, que incluyen blancos, tintos y rosados, algunas de producciones muy reducidas. En BWW presentaron Nanclares y Prieto 2024, a partir de uvas compradas a terceros, pero con su sello de acidez vertical, que quieren convertir en tarjeta de presentación de la bodega. Su albariño más disponible, Dandelion, elaborado en 2024 con viñedos de interior de suelos de granito, es la otra puerta de entrada a esa acidez muy pura que contrasta con la mayor redondez y amplitud de Tempus Vivendi, que procede de uvas que reciben la influencia del mar.

Entre los blancos de viñedos propios, Alberto Nanclares (entre 5.000 y 7.000 botellas) es un compendio de jugosidad, y personalidad (flores y piedra seca en la cosecha 2024) y un vino de fantástico desarrollo en botella como mostró un tenso 2017. Quizás la etiqueta que elegiríamos si nos tuviéramos que quedar con un único vino de la bodega.

Los albariños de menor producción ofrecen una exploración de texturas en función de suelos, elaboraciones y recipientes de fermentación y crianza como el barro en el caso de La Tinaja de Aránzazu (un albariño más redondo por la mayor porosidad de recipiente y al que se destinan uvas de alta acidez), el castaño en Fogar do Castriño (notas terrosas) y O Bocoi Vello de Silvia, donde también se trabaja dos días con pieles, do Castriño, o la sensación más acusada de piedra seca que ofrecen los suelos poco profundos de A Graña.

No nos dio tiempo de probar los tintos, pero nos llamó particularmente la atención el rosado Chuvisca Galega, un ensamblaje de caíño, mencía y espadeiro que refleja la personalidad fresca, atlántica y un punto salvaje de las variedades tintas de la región, pero sin atisbos de verdor y, sobre todo, sin la huella tánica que suelen tener algunos tintos. Es una pena que solo hagan 650 botellas, pero nos parece una fantástica vía de exploración.

Casa Vinícola Moliniás, Huesca

Ubicado en la comarca oscense de Sobrarbe, este pequeño proyecto cuenta con plantaciones que alcanzan los 900 metros de altitud en el paisaje montañoso del valle de Fueva, en el Pirineo aragonés. Nicolás Brun y Rebeca Araujo (en la foto) llegaron a la zona cuando los padres de Nicolás les ofrecieron gestionar las viejas casas de labor de la finca Moliniás que habían sido recuperadas y reconvertidas en alojamientos rurales. Allí descubrieron una tradición vitícola casi extinguida -según Brun llegaron a cultivarse casi 2.000 hectáreas en la comarca- que se han propuesto recuperar.


La viticultura no es fácil en un lugar tan extremo y salvaje, con las uvas muy expuestas a los animales y a las inclemencias del tiempo. Si el granizo es el gran factor de riesgo climático, los pastores eléctricos contienen a ciervos y jabalíes, pero no pueden con los pájaros. “Elaboramos con las uvas que no se comen los animales”, bromea Brun.

El proyecto incluye algunas de las pocas viñas que quedaban de agricultores locales en régimen de alquiler, más otras de nueva plantación. Con las primeras, situadas entre los 700 y 800 metros en suelos de lecho de río, elaboran la gama Diaples (diablos en fabla, 26 €), que es como llaman los lugareños a los brotes de pies americanos por lo difíciles que resultaban de retirar. Las variedades que han encontrado son fundamentalmente macabeo, alcañón y garnacha blanca en blancos y garnacha tinta, moristel, parraleta, tempranillo y cabernet sauvignon en tintos, aunque hay muchas plantas que no tienen identificadas. El Diaples blanco ofrece notas de fruta madura en nariz, pero el paladar está marcado por una acidez bien vibrante y notas de piedra seca. El tinto, con 12% vol. es fragante y tiene un perfil crujiente y herbal. En este último caso, mantienen las pieles casi 60 días tras la fermentación para extraer muy despacio y crían en barricas de 600 litro y hormigón. 

Con viñas propias de garnacha plantadas en un suelo coluvial hasta 900 metros de altitud, elaboran El Huerto del Olvido (1.200 botellas, 40 €), donde consiguen un perfil de fruta más redonda y madura, con un fondo terroso. El vino tiene 12,5% vol. y la vendimia se realiza hacia mediados de octubre. En total producen unas 10.000 botellas, pero el objetivo es alcanzar las 25.000. Uno de los puntos fuertes del proyecto es la oferta de alojamiento y la visita a los parajes únicos de montaña donde se encuentran las viñas.

Bodega Clandestina, Penedès

Ferran Lacruz forma parte de la nueva corriente de jóvenes productores del Penedès (es uno de los miembros fundadores de Vida Penedès) que trabajan al margen de la DO y quieren poner en valor el potencial de la región para elaborar vinos de gran personalidad. Conoce muy bien el estado de la viticultura local porque su familia se ha dedicado tradicionalmente a la venta de uva a partir de terrenos arrendados. 


Ubicado en San Martí Sarroca, defiende los vinos de mínima intervención desde una perspectiva de pulcritud y trabajo concienzudo en viña y bodega. Le gusta trabajar con graduaciones contenidas (mucho de sus vinos no superan los 11% vol.), lo que le lleva en ocasiones a realizar varias pasadas por viñas. El concepto de clandestinidad está presente en toda la gama, tanto a través de los nombres de los vinos como de sus etiquetas ilustradas con candados, dando coherencia y facilitando la identificación de este proyecto que se mueve entre las 20.000 y 25.000 botellas anules.

Los vinos de mayor disponibilidad son El Soci, un macabeo elaborado en acero inoxidable, fácil de beber, fresco y equilibrado, que Lacruz dice que resulta ideal para ver el fútbol sin tener que hablar de vino; Sense Papers, un xarel.lo jugoso que elabora con tres pases por viña y que combina frescura y textura con la madurez frutal de la última recogida; y el ancestral Confiscat, un xarel.lo impecable criado con lías durante 72 meses, con notas melosas, toque cítrico y burbuja bien integrada.

Entre los vinos de producciones más limitadas, recomendamos las elaboraciones con pieles. El Blanc Fugitiu es un xarel.lo con cuatro semanas con un 15% de hollejos y un breve paso por barrica usada de 500 litros, que ofrece una dimensión aromática muy fina de la variedad, con abundantes toques anisados y herbales y buena amplitud en boca, pero sin la tanicidad excesiva de los vinos naranjas. En el Orange Censurat utiliza la cariñena blanca con la que reinjertado una viña de merlot para conseguir un vino energético y cítrico, también muy fino para la categoría. 

Imputat, su acercamiento a la tánica y rústica sumoll, lo realiza también en clave de refinamiento. El vino, que procede de la primera viña que plantó junto a su tío, es fragante, primario y aéreo. Para Lacruz, el Mediterráneo se expresa mejor desde la finura y la ligereza.

Agrícola Calcárea, Sanlúcar de Barrameda

Conocimos a Juan Jurado en 2024, durante la primera edición de Liquid, el salón paralelo a Barcelona Wine Week. Para este exsumiller de trayectoria internacional reconvertido en viticultor, fue una de las primeras ocasiones en las que presentó públicamente sus vinos blancos de albariza, tras la decisión tomada en 2021 de invertir sus ahorros en una viña de poco más de una hectárea en el Pago Miraflores, en Sanlúcar de Barrameda.

En esta edición de Liquid, Jurado regresó con esos mismos vinos de albariza, pero ahora con una imagen más definida. Ha unificado el diseño de las etiquetas, creadas por la artista sanluqueña Laura Millán, un gesto que apunta a una mayor coherencia del proyecto y a su consolidación en el tiempo.

Su hogar es Sanlúcar, pero el Piamonte es un territorio que también está marcado en su calendario. Jurado viaja allí todos los años para participar en la vendimia con Olek Bondonio, uno de los productores de referencia en Barbaresco. Ambos comparten una forma de trabajar muy alineada: viticultura ecológica, algunas prácticas biodinámicas y una visión terruñista tanto en viña y bodega.


La añada 2025 fue muy corta en el Marco de Jerez (45% menos de uva que en 2024) y Jurado también sufrió esa escasez por lo que su amigo Bondonio le cedió uvas de nebbiolo. De ahí nace un vino que todavía no sabe si se clasificará como Langhe —la opción que Jurado prefiere porque permitiría sacarlo antes al mercado y, en sus propias palabras, “hacer algo de caja— o como Barolo, una clasificación que Bondonio considera más adecuada para un vino que, a su juicio, necesita más tiempo. Esa es ahora la sana disputa entre ambos. Mientras tanto, el vino, incluso en esta fase temprana, se muestra fragante, con frescura, nervio y buen equilibrio.

La pregunta que queda abierta es si este nebbiolo será un vino puntual, casi un pop-up, o si habrá continuidad. ¿Veremos en el futuro un vino de albariza con sello piamontés?

Hontza, Rioja Alavesa

Nieto de pastor e hijo de agricultor, Iker García vive en Labraza, en el límite entre Álava y Navarra. Uno de los pueblos más bonitos y desconocidos de Rioja Alavesa, tiene unos 100 habitantes y está a 670 metros de altitud. Allí Iker cultiva 12 hectáreas de viña con cepas de entre 30 y 100 años de las que salen unas 10.000 botellas anuales certificadas en ecológico, trabajadas bajo los principios de la agricultura biodinámica y con mínima intervención. Además del viñedo, flanqueado por un pinar donde anida una pareja de búhos reales (hontza, en euskera), el proyecto se completa con otras 70 hectáreas de cereal, también en ecológico y biodinámico. Una agricultura en sentido amplio, no un simple viñedo.


La base de su viñedo es tempranillo, pero también tiene algo de garnacha, graciano, viura y mazuelo. En su elegante parcelario Garaya (500 botellas, 42 €), que nace en su viña más vieja y se cría durante 18 meses en barricas de roble francés, el protagonismo es para los clones antiguos de tempranillo, pero también mezcla uvas blancas (30%) y rarezas como miguel de arco, maturana tinta, tintorera y calagraño.

Junto a sus tres vinos de parcela, Iker articula el resto de la gama en dos líneas más sencillas. Los vinos de copeo —frescos, directos y fáciles de beber— son un blanco y un tinto y se llaman Too Mahats (mahats significa uva o cepa en euskera y la pronunciación se asemeja a much en inglés). Hontza da nombre a los vinos de pueblo, que son tres: un fresco y ágil blanco de viura y calagraño con seis días de pieles y crianza en barrica de castaño de 500 litros; un tinto que mezcla las cuatro variedades tintas clásicas de Rioja más maturana tinta; y Hontza Selección, que solo sale en añadas escogidas.

Aunque reconoce que llenar esas 10.000 botellas le absorbe la vida, Iker no se resiste a experimentar. Ha probado a hacer un rosado de tempranillo de prensa directa, ensamblado con mazuelo y graciano de sangrado, y un curioso y refrescante espumoso ancestral, también de tempranillo. Ambos se llaman Vendedor de Humo y están a la venta en su web por 20 € cada uno.

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Amaya Cervera

Periodista especializada en vino con más de 25 años de experiencia. Fundadora de Spanish Wine Lover y Premio Nacional de Gastronomía a la Comunicación Gastronómica 2023

Yolanda Ortiz de Arri
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Yolanda Ortiz de Arri

Periodista con más de 25 años de experiencia en medios nacionales e internacionales. WSET3, formadora y traductora especializada en vino