Galicia é o que vemos, escribió el poeta Manuel María. “Galicia es lo que vemos”.
No hay que fijarse mucho para entender que la tierra a la que cantaba María se ha consolidado en las últimas décadas como una gran referencia para los aficionados más avezados. Ampliamente reconocida como la cuna de algunos de los blancos más interesantes de España, cada vez es más habitual encontrar tintos gallegos en las mejores cartas de vinos nacionales e internacionales.
Para la mayoría, la cara visible del vino gallego son sus cinco denominaciones de origen, pero, como continúa el poema, hai outra Galicia; existe otra Galicia, una que quizás no vemos. Afortunadamente, menos visible no significa menos interesante. A la sombra de sus famosos vecinos, muchos productores que trabajan fuera de DO han iniciado una revolución rural apostando por variedades minoritarias y elaboraciones artesanales.
Viñedos huérfanos
Es el caso de los viticultores de las penínsulas de Barbanza y Morrazo, que, como dos dedos retorcidos, se adentran en el Atlántico a ambos lados del valle del Salnés. Forman parte de la geografía de las Rías Baixas y comparten sus mismas tradiciones vitícolas, pero se han visto privados de su fama al encontrarse fuera de los límites de esta DO. “Es evidente que, por geografía, viticultura y tradición, el Morrazo vitivinícola es Rías Baixas”, dice el viticultor Antonio Portela (en la imagen inferior). “Negarlo resulta incluso ridículo”. Los viñedos han estado presentes en esta península desde la Edad Media, con plantaciones cercanas al nivel del mar como en gran parte de Rías Baixas y alta presencia de albariño. Pero cuando se constituyó la DO Rías Baixas en los años 80, la región quedó excluida por motivos burocráticos y eso, según Portela, dejó a su viticultura “huérfana”.

Sin embargo, para Enrique Fernández-Peran, director de Reboraina en la IXP (Indicación Xeográfica Protexida, Indicación Geográfica Protegida o IGP en el resto de España) Ribeiras do Morrazo, que abarca la península de Morrazo y sus alrededores, el desaire histórico puede ser una bendición. “No somos tan potentes, pero tenemos un carácter gallego muy marcado”, afirma.
El aumento de inversores externos procedentes de Ribera del Duero o Rioja está generando una preocupación de pérdida de identidad en las denominaciones gallegas, pero en estas regiones más pequeñas el capital sigue siendo 100% gallego. Según Fernández-Peran, la IXP Ribeiras do Morrazo nace en 2017 “por pura necesidad”. Sus vinos se elaboraban fundamentalmente con albariño, pero como la variedad estaba registrada por Rías Baixas a nivel europeo, no podían incluirla en sus etiquetas. La creación de la IXP les dio ese derecho. Ahora, los productores de Morrazo pueden capitalizar la fama mundial de la albariño y distinguir la suya de la de sus vecinos. “Hay diferencias entre nuestra albariño y la de Rías Baixas, igual que hay diferencias entre el Salnés y el Rosal”, afirma Fernández-Peran. Demostrar esta singularidad puede convertirse en un reto educativo: “Todo el mundo sabe lo que es una DO, pero tengo que explicar continuamente que las IXPs son similares en cuanto a controles de calidad, pero con un órgano regulador estatal y no privado. La IXP también puede ser el paso previo para convertirse en una DO”, añade.

Igual de fascinantes
La larga sombra de Rías Baixas también oscurece la IXP Barbanza e Iria, al norte de la ría de Arousa. Pero sus productores no tienen ningún complejo de inferioridad. “No creo que nuestros vinos sean menos glamurosos que los de Rías Baixas”, dice David Rial, que elabora tanto en Barbanza e Iria como en la subzona de O Rosal, en la DO Rías Baixas. “Yo lo veo al revés”, continúa. “La gente a la que realmente le gusta el vino tiene la inquietud de probar vinos de lugares pequeños y de descubrir historias”. Originario de Barbanza, Rial comenzó a trabajar con Juan Chamorro, de O Rosal, tras conocerse en un curso de viticultura y enología. Arrancaron su proyecto en Rías Baixas en 2014, trabajando las viñas de un tercer socio, Manuel Calzado, y en 2017 se fijaron en dos de las uvas blancas tradicionales de Barbanza: la ratiño y la raposo.

Aunque la ratiño (en la imagen inferior) se ha autorizado recientemente en Rías Baixas, solo otros dos productores trabajan con ella en Galicia en este momento. Chamorro atribuye el carácter minoritario de la variedad a su naturaleza difícil. “Todo lo que voy a contar es negativo”, advierte. “Ni siquiera los pájaros la comen”. Pequeña y de piel gruesa, tiene bajos rendimientos y una franja de vendimia extremadamente corta. “Con la albariño puedes obtener distintos tipos de vinos en una franja de alcohol potencial de 11 a 15 % vol., pero la ratiño pasa rápidamente de muy verde a muy madura, así que solo tienes unos días para vendimiarla”. A pesar de las dificultades, la uva llegó a ser un bien preciado en Barbanza. El abuelo de la esposa de Rial contaba que gracias a su buen alcohol y acidez, se conservaba muy bien y que incluso se la llegó a conocer como “la uva de la Guardia Civil”. “Antes, cuando los agentes de la Guardia Civil iban a tu casa, había que ofrecerles el mejor vino para que se fueran contentos, y se les daba vino de ratiño”.

La otra variedad local es la branco lexítimo, que en Barbanza se conoce como raposo, “zorro” en gallego. Chamorro y Rial se inspiraron en esta sinonimia local para bautizar su bodega como Cazapitas, “cazagallinas” en gallego. Lo que más les gusta de la variedad es su alta acidez capaz de resultar atractiva a paladares bien diferentes. “Hay más acidez analíticamente que lo que se siente en boca”, afirma Chamorro. “A veces hablamos de vinos con 8,5 gramos de acidez total, que uno pensaría que se nota mucho, pero no es así. Ése es su encanto”. Esta acidez también proporciona un potencial de envejecimiento increíble. “Habría que beber un raposo de 40 años para demostrarlo. Tendremos que reunirnos en 2060”, dice Chamorro entre risas.
Experimentación sin límites
Otro productor de Barbanza e Iria que está invirtiendo en la raposo es José Crusat (en la imagen inferior) de Adega Entre Os Ríos. Su padre, Francisco, comenzó a elaborar vino como hobby en los años 80 y terminó siendo uno de los fundadores de la IXP en el año 2000. Trece años después, Crusat elaboró su primer raposo bajo la marca Vulpes Vulpes. Comenzó con 200 botellas y ahora hace ya 2.300, cifra que planea duplicar en el futuro. Crusat ha buscado su propio camino en la zona con la gama Komokabras. El nombre alude a la “locura” de su padre al comprar la propiedad, pero Crusat también quiere incidir en la importancia de no estancarse en un único perfil. Los Komokabras incorporan varios recipientes de crianza y distintos métodos de vinificación, desde el uso de barricas y ánforas de barro a la fermentación con pieles. Estar fuera de DO le da la libertad para experimentar. “Creo que hay formas de trabajar en las DO que se han quedado anticuadas y que homogeneizan los vinos. Una IXP permite mayor libertad”, reflexiona.

El largo camino hacia el reconocimiento
A menudo, el coste de esta libertad es la falta de reconocimiento. “La gente conoce Galicia, Rías Baixas y otras denominaciones, pero no las IXP,” afirma José Luis Bouzón Beade, de la bodega familiar Ribeiras de Armea, en IXP Betanzos. Situada más al norte, a unos 25 km de A Coruña, Betanzos contaba con más de 1.000 hectáreas de viñedo en el siglo XVIII, pero hoy es más conocida por sus tortillas poco cuajadas que por sus vinos.
Pese a ser una de las regiones vitivinícolas más septentrionales de España, tiene condiciones sorprendentemente buenas para el cultivo de la vid. El Atlántico modera las temperaturas y, con unos 1.100 mm de lluvia al año, la pluviometría es inferior a la media de 1.600 mm de Rías Baixas. “Tienes acidez y consigues maduración; no hace falta mucho más”, resume Bouzón, en la imagen inferior. Ribeiras de Armea es uno de los pocos productores que ha recuperado variedades olvidadas en las laderas de los ríos Mandeo y Mendo, como agudelo (chenin blanc), brancellao, merenzao y la uva estrella de Betanzos, la branco lexítimo. Desde que Bouzón se hiciera cargo de la bodega en 2014, la ha convertido en un referente local. El siguiente paso es darse a conocer. “Ahora se empieza a hablar un poco de Betanzos, pero sigue siendo una zona muy pequeña que lleva mucho tiempo estancada”, explica.

A pesar de la importancia histórica de la viticultura, la mayoría de los viñedos se abandonaron y resulta muy difícil adquirir tierra. “Teníamos siete hectáreas divididas en 27 parcelas. No es broma”, asegura el enólogo bordelés Guillaume Barrier, que siguió a su esposa ferrolana a Galicia y durante seis años gestionó la viticultura y la enología para Pagos de Brigante. El proyecto fue fundado por Luis Sande en 2020 tras jubilarse como funcionario de la UE, pero su sueño de recuperar los viñedos históricos en Betanzos quedó truncado al contraer un cáncer de pulmón. Tras su fallecimiento en 2025, la bodega está actualmente en venta. En regiones como Betanzos, la continuidad nunca está garantizada. Pero, según Barrier, el legado de Sande trasciende Pagos de Brigante. “Puso a Betanzos en el mapa. Diría que lo que hizo fue más un servicio público que un negocio”.
Ahora Barrier (en la imagen inferior) está desarrollando otro proyecto en la costa norte de Galicia, una región que, como Betanzos, cree que se beneficiará del cambio climático. “No es una locura decir que en el futuro será muy difícil cultivar la vid en media España; los viñedos tendrán que moverse hacia el norte”, explica. A medida que llega el reconocimiento, Bouzón cree que lo que realmente hace falta en Betanzos es inversión: “Necesitamos un proyecto dotado con los medios necesarios para cubrir todo el proceso desde la viticultura al marketing, y con la sensibilidad de ir más allá de los vinos comerciales. Hay que invertir para detener el abandono”, afirma.

Contra la despoblación
El abandono es también la principal preocupación de Manuel Cancio, que trabaja 100 kilómetros al sureste, en la frontera entre Galicia y Asturias. Cancio vive y trabaja en Negueira de Muñiz, el municipio menos poblado de Galicia, situado a orillas del río Navia y a los pies de la sierra de Ancares, y es uno de los tres productores de Terras do Navia, la IXP más joven de Galicia. Tiene la esperanza de que el vino aliente una revolución rural que atraiga nuevos habitantes a una zona donde “la despoblación ha sido brutal”. La elaboración de vino en Negueira data al menos del siglo XVII, pero la ola migratoria del siglo XX que afectó a gran parte de la Galicia rural, casi la borró por completo. “La emigración de los años 60 y 70 fue nuestra segunda filoxera”, afirma.
Aunque su familia siempre había hecho vino para autoconsumo, Cancio nunca pensó en dedicarse profesionalmente a ello. Pero en 1995, animado por José Mourinho Cuba, uno de los impulsores de la DO Ribeira Sacra, dio los primeros pasos de lo que se convertiría en Bodega Panchín. En 2001 embotelló su primera añada. Una década después, se reunió con José Manuel Rodríguez, entonces presidente de DO Ribeira Sacra, quien sugirió la posibilidad de que Negueira se convirtiera en una de sus subzonas. Cancio y otros viticultores encargaron un informe sobre el potencial vitícola de la región y presentaron su solicitud al Consejo Regulador de la DO Ribeira Sacra. Al no recibir respuesta, el grupo utilizó el informe para crear su propia IXP. La solicitud oficial se presentó en 2016 y Terras do Navia se creó formalmente en 2023.

Hoy, los tres productores de Terras do Navia elaboran vino a partir de branco lexítimo, merenzao (conocido localmente como verdejo tinto) y albarín tinto. Según Cancio, los mejores vinos se elaboran con branco lexítimo, que se beneficia de la influencias más seca y mediterránea de la región. La mayoría de los viñedos se encuentra entre 200 y 500 metros de altitud, rodeados por montañas que los protegen de los vientos atlánticos. “El año pasado, mi branco lexítimo alcanzó los 15 % vol., manteniendo una acidez de 6 g/l”, comenta. “Si manejas bien la viña, la variedad tiene un potencial enorme”.
Cancio señala que Terras do Navia es la IXP que más ha crecido en menos tiempo, ya que otros dos productores solicitaron registrarse en 2025 y espera que esto anime a más personas a instalarse en la zona. “Cada uno tiene su propio reto personal, pero nuestro objetivo es que la gente vea que hay futuro en el rural”, explica.
El terruño no es solo suelo
Para alcanzar el éxito, los pequeños productores necesitan vender sus vinos, la tarea más difícil de todas. “Mucha gente poda, cosecha, elabora el vino y luego lo vende en ferias”, explica Fernández-Peran. “No puedes llegar a todos lados” corrobora Crusat. “No puedes estar vendiendo, haciendo la entrega de vino en un bar y el seguimiento para que te paguen la factura”. Además, está el tema de los precios. “El trabajo en el viñedo es cada vez más caro, todo sube”, comenta Barrier.

“He tenido clientes que preguntan: ¿Cuánto cuesta tu albariño? Cinco euros. Y me dicen: En Rías Baixas lo consigo por dos euros. Hay que apostar por lo tuyo y por lo que hace diferente a tu vino”, explica Crusat. “Tenemos uvas que son solo nuestras como la raposo. Tenemos climas y suelos similares, pero exposiciones diferentes. Hay que defender esa diferenciación. El terruño no es solo suelo, es todo: las decisiones humanas, las personas; esas cosas importan”. Para Bouzón, la parte humana del terruño es lo más importante. “Creo que las IXPs tenemos que comunicar que somos pequeños productores trabajando en zonas donde resulta muy costoso elaborar vino”, afirma. “Cuando eres pequeño, tienes que trabajar más”, admite Crusat. “Pero vamos llegando, hay cierto nivel de reconocimiento”.
Juntas, estas IXPs encarnan el espíritu de la otra Galicia de la que escribió Manuel María; no la imagen visible transmitida por sus denominaciones de origen, sino una que vai no sentimento, o “vive en el sentimiento”. Aunque estos viticultores tienen menos garantías de éxito comercial, tienen el poder de recuperar el patrimonio varietal, revivir tradiciones y lugares, y sentir su compromiso con la tierra de forma más radical. Lo mejor de beber vinos de esta “otra Galicia” es descubrir que los paisajes vitícolas de la región no sobreviven aislados, sino que hay personas que, año tras año, los hacen posibles. “Siempre digo: Mira, en esta botella no hay solo vino”, explica Cancio. “Vivir donde vivimos y hacer lo que hacemos tiene su mérito, y eso se refleja en la botella. Ahora tenemos que distinguirnos de alguna manera. A lo mejor te dicen que no va a pasar, pero yo soy optimista, ¿eh?”.
Seis vinos de la Galicia menos conocida que hay que probar
Antonio Portela, Praia de Areabrava 2023
Cazapitas, O Peruco 2022
Reboraina, Albariño 2024
Adega Entre Os Ríos, Vulpes Vulpes 2023
Ribeiras de Armea, Blanco 2023
Adega Panchín, Panchín Blanco 2025
Noah Chichester
Escritor y formador especializado en vino, es fundador de winesofgalicia.com, la única web en inglés dedicada al vino gallego. Colaborador en Decanter, JancisRobinson.com, The World of Fine Wine y otras publicaciones especializadas, divulga internacionalmente la cultura y los vinos de Galicia.
Sombroso Umbría de Poniente 2024 Tinto
NEWSLETTER
Únete a nuestro grupo de Spanish wine lovers
