El auge de las gamas altas a través de cuatro modelos de Rioja y Ribera
Lo que el mundo anglosajón denomina premiumisation es un concepto clave en las estrategias de los productores españoles de vino de calidad de los últimos años. Partiendo de un historial de precios bajos, la idea de crear productos de valor añadido o de mejorar simplemente la percepción de los ya existentes, destacando sus virtudes y sus elementos diferenciales, era una asignatura pendiente del vino español.
Las zonificaciones y clasificaciones que han acometido muchas denominaciones de origen han creado un marco propicio para el desarrollo de vinos de gama alta, ya sea con una filosofía borgoñona que distingue entre vinos de municipio, paraje y viñedo como han hecho Bierzo y Priorat; con la creación de categorías superiores como el Gran Vino en Rueda; o la fórmula mixta riojana de estilos envejecidos y viñedos singulares.
El contexto internacional también ha favorecido la revalorización de los vinos. Si la pandemia ayudó a impulsar las etiquetas de cierto precio frente a las gamas asequibles de supermercado, el encarecimiento posterior de materias primas ha tenido su reflejo en el precio final de las botellas. Se ha notado más en zonas con altos precios medios de uva como Rías Baixas y en vinos de más de 15 € con calidad sobrada para incrementar el precio de venta. Situaciones preocupantes como la reducción del consumo, las campañas anti alcohol, la caída del mercado secundario (que, paradójicamente, ha posibilitado el ascenso de Vega Sicilia al primer puesto de la lista Power 100) y la incertidumbre generada por los aranceles de la administración Trump no han conseguido desviar la mirada de la parte alta de la pirámide.
Frente a la moda de los vinos de autor y alta expresión que irrumpió en la década de los noventa, las propuestas premium actuales son más sofisticadas y mucho más diversas. Además de la selección, buscan conceptos terruñistas (viñas viejas, viñedos excepcionales) o elaboraciones tradicionales (largos envejecimientos, cofermentación de variedades…) y van más allá de los tintos. Las producciones, especialmente si se trata de vinos parcelarios, son muy reducidas: unos pocos miles de botellas o incluso unos cientos.
A continuación desgranamos cuatro ejemplos de desarrollo de gamas altas a partir de catas y presentaciones a las que hemos asistido en las últimas semanas.
Cvne: un histórico en expansión
Esta casa centenaria del Barrio de la Estación de Haro es hoy un gran grupo con tres bodegas en Rioja y proyectos en Cava, Ribera del Duero, Valdeorras y Rías Baixas tras la adquisición de La Val en 2023. Aunque trabaja en distintas ligas de precio, ha mantenido una imagen de calidad asociada a sus marcas más emblemáticas. Hace unas semanas presentó en Madrid los 12 vinos “más grandes” del grupo.
Víctor Urrutia, consejero delegado de la compañía, dijo que Cvne aspira a ser la bodega más importante de España y explicó que esto significa “hacer el mejor estilo, o el mejor vino en cada pueblo en el que estamos; tener viñedos en los mejores pueblos de España, invertir en viña, comprar viñedos viejos y plantar otros nuevos”. También abogó por romper la percepción de que el vino español es corpulento, alcohólico y tánico. “Queremos transmitir frescura en todos los proyectos”, señaló.
Por la mesa desfilaron los grandes reservas de siempre: el serio y firme Imperial (56.000 botellas, 74 €) frente a la expresividad de la fruta roja de Rioja Alavesa que manda en Viña Real (30.000 botellas, 50 €). Pero también los recuperados Monopole (2.530 botellas y 115 € en su versión de envejecimiento más largo), con su característica sapidez y largo final; y el semidulce Corona, que se elabora con uvas de una parcela de Villalba (Rioja Alta) atacadas por la botrytis cinerea y vendimiadas en enero. Necesitado aún de desarrollo en botella, su rareza y exclusividad (solo 1.150 botellas) se traducen en el precio más alto del grupo: 200 €.
Por detrás de estos blancos escasos se posicionan los antiguos vinos de alta expresión transformados ahora en dos parcelarios actuales, frescos y elegantes frente a la moda extractiva de antaño, ambos a 100 €. En Cvne, Real de Asúa Carromaza (casi 14.500 botellas), a la venta a través de la Place de Bordeaux; en Viña Real, el Pagos de Viña Real, en transición para cambiar su nombre a La Virgen, con 5.300 botellas y una etiqueta rompedora.
Les siguen los tintos de perfil más mediterráneo de Contino por el suelo aluvial de la propiedad situada a orillas del Ebro: Viña del Olivo (alrededor de 15.300 botellas, 82 €) y Gran Reserva (algo más de 30.000 botellas, 69 €). Desde 2017, la dirección técnica corre a cargo de Jorge Navascués. El resto de vinos de Rioja están bajo la supervisión de María Larrea (ambos en la foto inferior junto a Víctor Urrutia).

La ambición del resto de bodegas del grupo va creciendo paulatinamente con el cava de 77 meses de crianza Roger Goulart The Roger (4.500 botellas, 80 € en mercados exteriores), o el ribera parcelario Áurea Minerva (3.000 botellas, 62,50 €), que se elabora con una viña de Peñaranda y lleva el nombre de una de las hijas de los hermanos Real de Asúa, fundadores de Cvne. La selección se completa con dos blancos: el godello parcelario de Valdeorras Regueirón (por debajo de 2.500 botellas, 36 €), mineral y profundo, y el opulento albariño La Val Gran Añada (menos de 7.500 botellas, 35 €), fruto de una selección de las mejores viñas.
Para Víctor Urrutia, “las gamas altas deben desarrollarse en función de la calidad intrínseca del vino; el resto es marketing”. Quizás por eso, no considera tan decisivo tener etiquetas de más de 100 € en el porfolio. “Hay que distinguir entre los vinos que superan los 100 € porque la demanda los lleva ahí y los que se posicionan en ese precio de manera artificial. Lo importante es tener de los primeros”.
La osadía de Territorio Luthier en Ribera del Duero
Fundada por Fernando Ortiz y Cristina Alonso, esta bodega de Aranda de Duero está centrada en recuperar elaboraciones tradicionales de la Ribera. Todos sus vinos de gama alta se elaboran con uvas de viñitas viejas de viticultores locales, de las que tienen contabilizadas más de 280 micro parcelas.
Su mensaje diferencial se apoya en proyectos como Hispania (unas 20.000 botellas, 35 €), una gama de vinos criada específicamente en roble español (dice Ortiz que hasta principios de siglo XX el quercus pyirenaica era la madera más utilizada para la fabricación de barricas), o los vinos “de guarda”: un blanco y un clarete, ambos con precios cercanos a 55 €, que envejecen respectivamente durante 20 y hasta 28 meses.
Los vinos más ambiciosos, sin embargo, son tintos de largos envejecimientos. En la cosecha 2012 elaboraron su primer gran reserva con ayuda de Jesús Madrazo, antiguo enólogo de Contino en Rioja. Utilizan uvas de la zona de Aranda de Duero donde, según Ortiz, se consiguen vinos muy elegantes y envejecen en roble usado durante 24 a 30 meses. En cada trasiego valoran la evolución del vino, midiendo el efecto de la madera o descartando partidas que no alcanzan la calidad deseada. Con producciones casi siempre inferiores a 3.000 botellas y precios entre 230 € y 325 €, la estrategia de comercialización consiste en lanzar 500 botellas al mercado en años sucesivos, lo que implica incrementos de precio de entre el 15% y el 20% por cada año extra de reposo en bodega. Ahora mismo están simultáneamente a la venta la última remesa de la cosecha 2012, una parte de 2014 (en 2013 no se elaboró) y, para dar respuesta a la demanda, acaban de salir a la vez las dos primeras partidas de 2015 y 2016.

El objetivo es doble: mostrar la capacidad de envejecimiento de los vinos y ofrecer una inversión que se revaloriza. “La inmediatez empobrece la calidad de la zona”, apunta Fernando Ortiz. “Si haces lo que te dicta la moda, pierdes parte de tu identidad. Mi modelo de ribera son los vinos de los años 70, 80 y primeros noventa; no los de alta extracción de los 2000”. Habla con conocimiento de causa por el negocio familiar de vinos viejos de la Bodega Don Carlos en Aranda de Duero en el que trabajó antes de centrarse en Territorio Luthier.
El vino más caro y rompedor es Luthier Compás CVC, un tinto de mezcla de añadas inspirado en las soleras jerezanas y las reservas perpetuas de Champagne. Parte de una primera vinificación, una única barrica envejecida durante dos años, que posteriormente se ensambla con el vino elegido de la cosecha siguiente y que habrá envejecido previamente durante esos dos años; y así sucesivamente con añadas posteriores. Cada cosecha que se incorpora sería como un nuevo compás dentro de la melodía del vino. El tiempo medio de crianza la mezcla resultante es de cinco años y medio.
En junio saldrán al mercado los dos primeros ejemplos. CVC 1 es una mezcla de 2018 y 2019. De 2018, hicieron una barrica de 500 litros de una viña de tempranillo en Olmedillo con un 25% de garnacha y pequeños porcentajes de otras variedades. De 2019, una barrica de 500 litros de una viña de Zazuar y otra de la misma capacidad de una parcela de garnacha de Aranda con un clon de hoja muy brillante que, según la bodega, da una calidad muy especial.
Al CVC 2 se añadió una barrica de 225 litros de una viña de Aranda de la cosecha 2020 con dominio de tempranillo, pero también con garnacha tintorera, garnacha peluda y el clon de garnacha de hoja brillante. Del primer vino hay 284 botellas con un precio de venta al público de 1.090 €. Del segundo, 336, con opción de compra a la avanzada a 500 € o precio final de 900 €. Ambos son vinos de gran profundidad y persistencia, con una textura muy especial el 2, y perfil y muy elegante y algo más estructurado el 1.

“El Gran Reserva ya fue un gran salto y una ruptura mental”, explica Ortiz, quien se lamenta de no ver más vinos españoles en las grandes catas internacionales y de lo difícil que es ofrecer etiquetas de precio realmente alto a clientes dispuestos a pagar 3.000 o 4.000 euros por una botella. “Uno de nuestros objetivos es poner en valor la Ribera y los vinos españoles en el mercado internacional, además de demostrar que hay una ribera de elegancia con capacidad de guarda y sutileza. Así surgió el CVC. Por supuesto, tenía que ser una producción muy pequeña para que fuera muy exclusivo y no resultara fácil de encontrar”, explica. Para él, el sentimiento de orgullo también es importante: “Tenemos que creernos que podemos hacer vinazos”.
Vintae: proyectos de madurez
Este grupo de origen riojano constituye un buen ejemplo de evolución hacia vinos más ambiciosos. Su consejero delegado, Ricardo “Richi” Arambarri, reconoce haber recorrido un largo camino desde que él y su hermano tuvieron que suceder a su padre en la gestión del negocio familiar en 2008. “Estábamos en plena crisis, éramos jóvenes, teníamos vocación internacional y nos centramos en lo que los mercados demandaban de España: gamas medias y buena relación calidad-precio”. Desde entonces, el grupo ha ido madurado junto a sus propietarios, desarrollando nuevos proyectos y realizando una evolución particularmente importante en Rioja.
Uno de sus proyectos más interesantes por la personalidad de las parcelas en las que se apoya es Viñedos El Pacto. Con su propia bodega independiente, se nutre de viñedos tradicionales de la Sonsierra y en especial del Alto Najerilla, comarca de origen de la familia Arambarri y de los Acha, saga de viticultores con la que mantienen una larga alianza y cuyo legado se conserva a través del director técnico de Vintae Raúl Acha.
Tras lanzar dos viñedos singulares, Riojanda (60 € y origen en la Sonsierra) y Valdechuecas (50 € y origen en el Alto Najerilla), la bodega se ha desmarcado con dos nuevos parcelarios de viñas muy viejas que rinden homenaje a la figura de Jesús Acha, padre de Raúl, y que se elaboran con dos de sus viñedos favoritos ubicados en el municipio de Cárdenas: el blanco Senda de Haro, con base de viura y otras variedades en co-plantación, y Pieza La Villa para el tinto de garnacha. Ambos tienen en común la producción limitada, en ambos casos por debajo de 1.500 botellas, y precios de venta al público por encima de los 100 €.

Con esta estrategia Arambarri quiere contribuir a dar a conocer una parte “espectacular” del patrimonio vitícola español. “Quizás hace 20 años no tenía cabida el trabajo que estamos haciendo hoy, pero es una senda que va en consonancia con la tendencia mundial de consumir menos y de mayor calidad. Y aunque hablamos de gama alta, España sigue siendo un refugio de valor en comparación con nuestros vecinos. Por otro lado, en viñedos como los que se destinan a los vinos de El Pacto, o sigues este camino o no tiene ningún sentido”, apunta.
Arambarri anuncia que continuarán esta línea en Toro, otra zona que conocen muy bien y donde han desarrollado el proyecto Matsu, con un nuevo vino por encima de los 100 € que lanzarán al mercado el año que viene. Sin posibilidad de producciones más generosas en los vinos parcelarios, sí tienen previsto aumentar la disponibilidad de los grandes reservas de la gama Classica a partir de la cosecha 2011, así como futuras elaboraciones de los espumosos Pandemonium que comercializan sin DO.
Viñedos singulares de cooperativa
La cooperativa Bodegas Sonsierra cuenta con unos 120 socios que cultivan alrededor de 400 hectáreas de viñedo. Rafa Usoz, director técnico desde 1993, ha llegado a conocer hasta 600 hectáreas. Para luchar contra la falta de relevo generacional, la bodega arrienda los viñedos de socios que se jubilan (trabaja ya 50 hectáreas bajo esta fórmula) y en 2012 empezó a luchar contra el arranque aumentando los precios de la uva de viñas viejas.

La conservación de este patrimonio les ha permitido abrazar con alegría la categoría de Viñedo Singular y dar forma una gama de seis tintos parcelarios con producciones que se mueven entre las 300 y poco más de 2.500 botellas, y precios de 74 € a 90 €.
Todos ellos se elaboran en una bodega independiente inaugurada en 2017, de donde salen otros parcelarios y micro cuvées como un interesante blanco de malvasía de poco más de 500 botellas que crían en un bocoy de 500 litros. Con etiquetas inspiradas en la heráldica que generan una estética más llamativa que terruñista, el mayor acierto de la gama de viñedos singulares es ofrecer diferentes perfiles de vino en función de la ubicación y características de las viñas.
Realzado por la crianza en huevo de hormigón, el estilo más primario se encuentra en El Muérdago, que se elabora con una viña de 1960 plantada a 550 metros de altitud en el Barranco de Valseca. El vino más poderoso es El Manao, un tempranillo del paraje del mismo nombre que han registrado como marca. La viña, situado junto al Ebro, se plantó en 1927. De una parcela de La Liende plantada en 1940 en terreno aluvial nace Duermealmas, el vino de perfil más licoroso. El Rincón de los Galos, en cambio, procede de una terraza aislada y rodeada de bosque en el paraje de Gallocanta que se plantó en 1943. De suelo muy poco profundo, hay cepas que emergen directamente de lastras de arenisca dando el vino más mineral, con poderío tánico, pero también mucho carácter y potencial de guarda.
Los dos nuevos viñedos singulares que salen ahora al mercado, y a cuya presentación asistimos hace unos días en la propia bodega, son Quitasueños y Soltierra. El primero es el único tempranillo que envejece en roble americano. De estructura comedida y textura amable, procede de una viña plantada en 1950 en suelos franco-arenosos en el paraje de El Bosque. El segundo es la única garnacha de la gama (el resto son tempranillos). Expresiva, con toques herbales y notas piel de naranja sale de la viña más alta del proyecto, situada a 620 metros en el paraje Diasol, en la zona de Peciña y cerca de la ermita de Santa María de la Piscina. Se plantó en 1910.

La cooperativa, que ha apostado por precios muy superiores a los habituales (su vino más caro hasta el lanzamiento de los viñedos singulares era Perfume de la Sonsierra a unos 33 €), no solo está utilizando los nuevos vinos para mejorar su posicionamiento en el mercado, sino como herramienta para comunicar las particularidades del paisaje de la Sonsierra.
Para Usoz, “estos vinos responden más a un tema de imagen y prestigio que de ventas”. El director técnico de Bodegas Sonsierra también cree que es una manera de premiar a los viticultores y agradecerles su trabajo y esfuerzo para conservar estas parcelas. La botella número uno de cada uno de los vinos es para ellos.
Amaya Cervera
Periodista especializada en vino con más de 25 años de experiencia. Fundadora de Spanish Wine Lover y Premio Nacional de Gastronomía a la Comunicación Gastronómica 2023
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